lunes, 24 de agosto de 2026
Libre Opinión

Apuntes sobre la estupidez y la irracionalidad humana

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Apuntes sobre la estupidez y la irracionalidad humana

Chimbote en Línea (Por: Augusto Rubio Acosta) Tiempos que no voy al estadio, años. Lo recordé hoy a la hora del desayuno, mientras leía online las noticias que hablaban del joven asesinado en las afueras del Monumental, durante una gresca brutal entre barristas de un mismo equipo. 

Tiempos que no voy a los estadios, pero tampoco los extraño como antes, como esa época en que me desesperaba por llegar temprano a los tripletes en el Nacional, en Matute, en las canchas de provincia y de fuera del país.

Debería escribir un libro de crónicas sobre el fútbol, pensé alguna vez; incluso hubo quienes me lo sugirieron de manera insistente. Después de todo, algo aprendí de fútbol en los largos años de mi vida que pasé detrás de Alianza, pasión y sentimiento inexplicable que –ahora que lo pienso con la tranquilidad que otorgan el tiempo y la distancia- ha sido y será siempre una de las grandes pasiones de mi vida.

La muerte del barrista, a manos de una turba descontrolada, me hizo recordar las veces en que el peligro inminente merodeó en las canchas de fútbol que alguna vez pisé hace más de veinte años. A mi mente volvió una tarde infausta de 1990, cuando durante el encuentro entre Sport Boys y Alianza Lima, en el ‘Lolo Fernández’, de Breña, los hinchas de Sur destrozaron la tribuna popular, prendieron fuego a las viejas tablas del recinto y destruyeron los interiores del estadio y todo aquello que se encontraba a su paso.

Una densa humareda se constituyó en telón de fondo, mientras el suscrito desataba su bandera del alambrado. ¿Después? La Policía, el enfrentamiento, esas circunstancias inevitables lamentablemente inherentes a los estadios de fútbol donde la pasión y la violencia se desbordan.

Otro hecho violento que me tocó vivir y donde la muerte estuvo cerca, aconteció algunos años más tarde, durante la toma de la Popular Norte, en el estadio de Matute. Era 1993 y las ‘filiales’ más radicales de la Barra Sur decidieron apoderarse del control de la tribuna Norte durante el clásico del fútbol peruano.

A veces, cuando se es joven, uno no mide el peligro, entonces el ímpetu por estar donde las papas queman pasa a conducir nuestros actos. Esa tarde -en las graderías- una gresca sangrienta y descomunal tuvo lugar contra dos bandos: los hinchas de Universitario y los cientos de policías que llegaron para la represión de siempre, la única forma que tienen de ‘arreglar’ las cosas. Podría enumerar aquí, contarles en toda la extensión de la palabra, las decenas de hechos violentos de las que he sido testigo de excepción en los campos de fútbol y en las inmediaciones de ellos.

Pero considero imprescindible y mucho más importante, dejar en claro que la incapacidad de las autoridades para detener la violencia alrededor del más popular de los deportes se vincula con la inexistencia de un real compromiso para combatirla.

Los altos niveles de violencia que registra nuestro país han llegado a límites intolerables, ante la incompetencia de quienes tienen el deber de brindar seguridad a todos. El fútbol, como una de las expresiones más acabadas de la sociedad, no ha permanecido ajeno al deterioro moral en que vivimos, incrementándose cada fin de semana los hechos delictivos alrededor de lo que debiera ser un espectáculo deportivo.

Sin decisiones políticas desde el más alto nivel y sin un plan integral para combatir el flagelo, las buenas intenciones chocarán contra un muro inexpugnable generado por la convivencia entre barras bravas, dirigentes y policías, preocupados todos sobremanera por las utilidades que reportan el poder y el control de los negocios ilícitos que se mueven alrededor del fútbol.

La decadencia y el paupérrimo nivel del fútbol peruano atenta también contra la existencia misma de la competición. No es posible que cada cierto tiempo continuemos siendo testigos pasivos de nuevos crímenes a manos de barras bravas, no es posible que fanatismos enfermos continúen cegando a los jóvenes, distorsionando la realidad y originando tragedias.

El fútbol es un deporte, una pasión, no el vehículo para delinquir o develar las más aberrantes formas de vida. Es deprimente constatar hasta dónde pueden llegar irracionalidades que solo consolidan la estupidez humana.

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