(Por: Guillermo Martínez) A miles de kilómetros de mis distancias hay una terminal sensible que aún desvela sus noches en oraciones y -sólo su buen Dios sabe- qué pensamientos. Las primeras palabras son siempre al empezar el día para ella. Es de color la vida cuando se asoma su luz; también sus sombras, y escalas de colores, hacen de cada día una cascada de emociones diversas. Mamá es lo más completo que existe en mi vida, es más que más; a su lado el cariño se abre como una flor. Mami, ha llegado el día en que debo decirte que tu mano, aquella que jamás he podido -ni quisiera- soltar, es el extremo más dulce de la tierra.
Yo tengo una mamá que es única. Como dijo Kiko a Doña Florinda: la mamá mas buena que he tenido en toda mi vida. Jamás ha tenido reparos en corregir con advertida ternura a hijos y rehijos; a sobrinos y hermanos; a nietos y ahijados sin la mínima distinción, cuyo indicador necesario es su memoria sobre santos y santorales y su materna devota confusión de nombres e identidades, cuando todos eran hijos suyos; di, mamá?.
Esa líder nata (allí otro cifrado saludo) de las benditas milicias paramaternales, que llevan un si no de Carreño y el no siempre tanto don del sentido común. Aquella mamá-supermamá que me dio la vida más allá de darme la vida. La que selló mi visa para el exterior de la casa, al cabo de miles de miradas, sabiendo que podía llegar lejos, mucho más que yo . Carmelita, que es mi mamá, es ella la mamá a quien dedico este día.
Sin duda todas aquellas pedagógicas cartas que nos hizo escribir por años, son la formación de escribidor que han hecho de mí. No es otra cosa que sus sabidas prudencias, las han sido mi escuela de a veces -desafortunadamente- pocas prudencias practicadas. Sus ojos, esa maravilla cuántica, han divisado buenas y malas auras, tanto como buenos y eternos corazones, en quienes su confianza muy pocas veces ha errado. Mi mamá es una espectacular hechicera, cuyos trucos felices de sonrisas y juguetones pellizcos, han adorado toda esa generación de Martínez Pinillos, que ha incluido todas las cepas y apellidos alternos.
No es la distancia ni el tiempo, es la magia la que me pone de nuevo frente a ella. A su frente, tan amplia como su mente y su abrazo. No es la maravilla de su seno más generoso aún que su maternidad. Es sólo su nombre el que viene lento como las músicas humildes, el que me renueva en su amor y vuelve mis ojos hacia lo divino y lo humano. Hacia el dar la vida y verla perderse. La que me hace mirar a cada madre, como a la misma madre mía.
En tantas ausencias, tantos pesares, tantos desvelos, mamá; en tantos y tontos -como exagerados ritos- ratos de la juventud que ya se va; en tantas sin razones envueltas en lo cotidiano; te he visto y necesitado tanto. Ay, Carmelita; resulta que me eché a vivir.
Hoy, que todo te lo quisiera decir y -aún sin yo decirlo- ya sabes lo que digo.
Feliz día hoy; ayer, Mami. Anteayer también. Todos los días que son tuyos. Cuando aún son nuevas tus victorias, cuando lo logras poco a poco. Cuando aprendo con tus ojos a leer más allá del texto, cuando sólo con tus ojos buenos aplacas cualquier fiera, incluso la de mi -ya no tan- voluntaria soledad.
Mami. Deja y verás. Habrá siempre un tiempo para renovarnos y ser siempre los mismos chicos juguetones de siempre y que aquellas ausencias que sentimos sólo son de juegos. Apenas son unas escondidas de largo ampay. Feliz día, mami Carmela. En ti he aprendido a amar a todas las mamás, a quienes quiero también en esta nota saludar.
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Memorias prematuras