Chimbote en Línea (Por: Víctor Pasco) Compadezco a las pobres almas que han tenido el “privilegio” de observar el día de su muerte en un sueño vivido, lúcido, y al despertar han comenzado a vagar por todo el mundo, esperando que el reloj de arena haga su sucio trabajo con eficiencia.
Nunca supe lo que era el suelo hiriente. No tenía la menor idea de que las paredes también te hacen sangrar. Hasta que me estrellé de bruces con todas las paredes y los pisos y los lavamanos y las llantas de coches de esta y otras ciudades que se van perdiendo en la oscuridad de mi memoria.
Ciudades que ahora se alargan como sombras maquiavélicas, eróticas, estúpidas. Sombras que se parten en dos, en tres, en cuatro, y que se vuelven a juntar para seguirte en una marcha sin fin hasta la dulce cama de un hospital, de un sanatorio, de un reclusorio.
La realidad no es lo que todos conceptualizamos como “real” o “tangible”.
Hace diez años que comencé mi camino autodestructivo, pero todo el dolor que he ido atesorando, toda la rabia que he ido mordiendo como un caramelito amargo, toda la sangre que he derramado y he limpiado con mis manos heridas no se comparan con lo que siento ahora.
Lo que siento ahora es… nunca podré describirlo. Estoy mordiendo el filo del cuchillo, inhalando el polvo de veneno para ratas, besando los pies de la mujer que va a morir ni bien salga el sol. Pero no me importa, no importa ya lo que los dioses pretendan de mi existencia. Si he de morir lo haré firme, indolente, de la manera más asquerosa que se me ocurre.
No se muere dos veces. Hay que hacerlo con estilo.
¿De qué hablo ahora? ¿Con qué palabras le reclamo atención a la gente que me ha ignorado durante días, meses y años? No tengo derecho a nada. Yo me he buscado esta muerte. O pretendo que su más sensible fibra de caridad se tense y les deje decir sí a la eutanasia que pido vencido.
Y siento que es aquí donde se acaba el camino. Es la parte del film donde la cámara avanza en picada lentamente y se va cerrando el plano hasta enfocar a la persona sentada en el piso que cae en un sueño profundo para siempre.
Y la música debe ser lo qué más hiera a las personas que se hayan quedado hasta el final. Todos deben estallar de risa al ver el final, deben ponerse nerviosos y, acto seguido, deben ir corriendo a vomitar a los servicios higiénicos.
Ahora deben subir al bus. No ver el paisaje porque querrán permanecer en este lugar (el infierno puede ser muy hermoso y no desearás irte). Sube de una vez. Concéntrate en el cuaderno en blanco que se te ha dado, no quites la mirada de él. Llénalo con todo lo que has visto en tu largo viaje a lo más denigrante de la tierra y fuera de ella. De ahora en adelante esa será tu única labor hasta que el bus se haya detenido nuevamente.
Adiós a todos. Adiós. Adiós. Yo me quedo aquí. Yo me quedó aquí. Y si alguna vez tienen el desagrado de volver no olviden visitarme. El trago es bueno y las noches largas…
Foto: © Aquiles Rondán