Chimbote en Línea (Por: Ricardo Ayllón) Natural de Jesús, en el departamento de Cajamarca, Leonidas Delgado León ha vivido en Chimbote desde fines de la década del 60, desplegando en el puerto gran parte de su trayectoria literaria como miembro del grupo de literatura Isla Blanca y publicando, asimismo, libros de poesía (“Juguetes de barro” y “Rostros de arena y barro”) y de narrativa (“Viajero del tiempo”, “Espina de pitahaya”, “Quishuas”, entre otros).
Así, llega a “El crujir de la hojarasca” (Río Santa, 2014) con una larga data creativa. El libro que ahora nos convoca es una novela corta o relato largo de corte amoroso, en cuyas páginas hallamos –como trama principal– la historia de Jaime y Marcela, ambos adultos casados, quienes mantienen una relación de infidelidad en la ciudad de Cajamarca, pese a que Jaime –quien es editor y escritor– reside en Chimbote.
La historia es vertida en gran parte ‘por boca’ del propio Jaime, aunque llega al lector por versión de Fernando, su interlocutor. El narrador principal aquí es, por eso, Fernando, quien desde la primera línea precisa que escucha la historia de Jaime en una mesa del Copacabana (“Creo que en nuestro diario vivir todo tiene un inicio y un final. Me dijo Jaime, al tiempo que me alcanzaba el vaso de cerveza…”, p. 11). De este modo, el autor hace hablar a Jaime en tiempo pasado, mientras que Fernando (personaje que también es escritor), lo hace en tiempo presente.
Este entrecruzamiento de lo que ocurre en el Copacabana, las reflexiones de Fernando y el relato de Jaime (que se mueven por supuesto en tiempos distintos), y que se plasma a veces en párrafos extensos sin la presencia de guiones o comillas en los diálogos, origina más de una vez la confusión de si se está frente a ‘lo dicho’ por Jaime o por Fernando. No obstante, la técnica es interesante y ha sido manejada apropiadamente por muchos escritores en el mundo.
Debido al incesante despliegue del relato, asumimos, el autor descuida también por momentos el manejo de los tiempos narrativos (“Luego revisé los mensajes de texto, que me muestran otra faceta de Marcela”, p. 41); la puntuación (“Creo que en nuestro diario vivir todo tiene un inicio y un final. Me dijo Jaime, al tiempo que…”; en lugar de: “Creo que en nuestro diario vivir todo tiene un inicio y un final, me dijo Jaime al tiempo que…”); o el engarce verbal (“El trabajo en mi negocio se incrementó considerablemente y de no ser por el apoyo de Mirtha y Rosmery y por supuesto siempre el invalorable aporte de mi “socio” a quien le debo todo lo que soy. Fernando, tú bien sabes…”, p. 39).
Estos y otros errores, como el designar al cantante Lucho Oliva la autoría del tema “Llora corazón” que pertenece en realidad al portorriqueño Rafael Hernández Marín, o el poner en el último párrafo de la novela a Jaime como el narrador principal (cuando todo el tiempo Jaime ‘narraba’ desde la versión de Fernando), hacen de esta breve novela un esfuerzo narrativo más de Delgado León, de quien esperamos sinceramente mejores resultados estéticos y técnicos en sus próximos libros.