domingo, 23 de agosto de 2026
Libre Opinión

La Flor de mi Secreto

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La Flor de mi Secreto

Chimbote en Línea (Por: Guillermo Martínez) No pregunten quien soy porque no se los digo, sólo sé que a ‘onde voy el amor va conmigo… (*) Chavela Vargas. Acabo de ver –por multésima vez- en la pantalla del vídeo a la viejecita cubierta con poncho de abuela. Cada vez que la escucho cantar, me sanan todas esas reumas que se adquieren de tanto acostarse en camas frías.

Durante años la he dejado cegarme con la rienda de sus canas blandas que parecen reventarse antes del último jalón. Respirando en su cabello de perfección iluminada que contrasta con el negro bronco de su voz, he escuchado esa especie de llanto que exuda del alma. Al desgarrarse los amores, cuando en medio de la noche no se hallan respuestas, vuelan negras palomas que me niegan su costado cristiano y su piel morena.

vení, vení, no seas tan mala que sos pa’ mí, que ya lo saben todos que como yo naiden te quere.

La he escuchado, desde hace mucho, cada noche, cada tarde, -cuánto quisiera- para arrullarme hasta las lágrimas, saboreándolas junto a lo más desgarrado del amor -cuánto pudiera-, lo más abrigado del amor, lo más duro del placer, lo más amargo del último trago. Recorriendo de memoria los más ásperos trazos de unas manos macorinas, las lágrimas más dulces de las lloronas de flor de lirio en la oscuridad de noches de boda y de lunas de miel.

Me la presentó Dante una noche triste. El poeta Lecca y yo nos hicimos compadres cuando Almodovar hizo cantar a Chavela Vargas en su peli La Flor de mi Secreto.

En la sala de su casa del barrio La Florida nos sentábamos a beber lentamente una botella de ron,  mientras guardábamos un silencio religioso a Chavela que nos sumergía en el rito de la noche. Entonces flotábamos; nuestro cuerpo vagaba por la salita de muebles de mimbre y por ventanas y rendijas nos desintegrados en vahos de bohemia para descender juntos a los infiernos del centro de la ciudad.

Chimbote de noche era en los años 90 el lugar perfecto para tararear a Chavela Vargas. La ciudad parecía balancearse al ritmo de las guitarras huastecas que preceden y acompañan a la Chamana. No lo diré yo si no las dos antologías de cuentos que publicó Dante Lecca en ese tiempo y en cuyo proceso de estudio e inspiración acompañé al vate.

Agarraste por tu cuenta las parrandas, paloma negra, paloma negra, ¿dónde andarás?

Empezábamos a endulzarnos en su casa. A veces en la Bodega Sánchez de Alfonso Ugarte. También en el ex Bar Pedrito, al que Leo cambió de nombre. En El Imán, que por las tardes se llenaba de beodos. Hasta inspirarnos leyendo servilletas con versos que escribíamos mientras charlábamos, mientras enamorábamos al alimón a una mesera que se hacía más guapa cada vez que avanzaba la noche. Era en ese entonces, cuando todo se hacía bello el instante en que reaparecía el escritor en Dante y recordaba que tenía que escribir un libro. Desde ahí partíamos a los extramuros.

A las diez nos sosegábamos un poco con algún piqueo. Un tamalito de a sol o un anticucho de corazón. Un valsesito criollo sobre los arqueados tablones de La Taberna.

Carlos Quezada le cantaba a Hilda, a la Víbora,  a cualquier lejano amor y entonces volvíamos a Chavela y despidiéndonos el gordo nos veía partir. A unos metros, en la avenida Bolognesi estaba el Tumi y sus personajes. Dentro de aquella precaria casita de madera aparecía el universo de miles de cuentos.

En medio de las luces multicolores emergían diosas, enanos, duendes y arlequines de paraísos surreales. Conocimos a Shayla, a Antuanet, a Yely’s (con ye y su comita de arriba). Conocimos a Marquesa y a Oscar e intimamos en la barra con los parroquianos. Todos parecían haber llegado de lejos –aunque confieso que a todos los veíamos en sus ocupaciones de día- y la magia había consistido tan sólo en haber traspasado el umbral de la noche.

Yo quiero luz de luna para mi noche triste. Para pensar divina la ilusión que me trajiste.

Todas las historias eran de desilusión. El amor era sólo una palabra irreal que no cabía más allá de los pocos metros cuadrados de oscuridad y podía acabarse después de cada canción.

Dante anotaba la información y ambos nos poníamos melancólicos al acabar la noche. Sufriendo por amores ajenos y por la suerte que jamás tuvo suerte.

Entre traguitos de mentira, pagos de compañía de los cuales los poetas gozábamos de amnistía y alguna que otra propuesta propia de la oscuridad,  no sé bien en qué momento lográbamos escapar de ahí -tal vez jamás logramos salir de ahí-; yo sólo recuerdo que tras sortear apocalípticos taxistas y vendedores de peligro, la madrugada nos apresaba en su niebla de junto al mar.

Salí de los infiernos pero lo hice cantando

Ha pasado el tiempo y cuando escucho a Chavela Vargas no puedo dejar de recordar estas noches. Lo hago con tanta angustia que a veces llamo a Dante. Después de preguntar por la familia, por mi ahijada, los niños y las mascotas, me quedo en silencio.

Talvez no sea pertinente desenterrar esas noches que están ya descritas en Sábado Chico y Señora del Mar. Creo que es mejor encender el volumen de la música y sosegarme tan sólo con el alma de la viejecita.

Es que ella es más que la música que brota de su voz increíble, por eso es que en ese entonces alzan el vuelo las palomas negras, lloronas y macorinas de aquella temporada en que salí de los infiernos pero lo hice cantando.

Ver video de Chavela Vargas

 

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