Chimbote en Línea (Por: Ricardo Ayllón) El primer paradero es el downtown o centro de Los Ángeles. Por su avanzada edad, mi padre conduce despacio entre las tranquilas y matutinas calles que nos llevan para allá. En alguna parte ingresa a un freeway (debo acostumbrarme a llamar así a las autopistas) y rápidamente asoma el perfil de los céntricos rascacielos.
Lo primero que hace es darnos unas vueltas entre las despejadas calles (pese a ser el centro de la gran ciudad) y la vista de los modernos y apacibles buses urbanos me devuelven la sensación de que esto es otra cosa, lo mismo ocurre con los patrulleros de policía, el tránsito ordenado, la señalización excesiva (pero necesaria), los semáforos altos y claros.
Papá (llamémoslo en adelante Art, como lo conocen todos acá) recuerda que en el chinatown (barrio chino) consiguió semanas antes habitas saladas, de esas que consumimos como bocaditos en el Perú y que a él le encantan.
El lugar es cercano y, obviamente, lo reconocemos porque las características físicas de la gente y los letreros de los locales comerciales cambian de pronto. Grupos de chinitos y chinitas se mueven ágilmente como en su propio país por estas arterias llenas de avisos escritos en su idioma.
Entran y salen de restaurantes, almacenes, tiendas de ropa o callejones cuyas fachadas lucen leones chinos, portales caprichosos y adornos tintineantes que me dan la sensación de que la calle Capón en el centro de Lima es casi lo mismo, aunque más pequeño y denso.
La enorme tienda de dos pisos donde ingresamos tiene olor a incienso, a frutas secas, a gingseng, a un extraño bálsamo que a Leo y a mí nos anima a curiosear entre sus pasillos. Se vende de todo: alimentos, loza, adornos, utensilios de cocina, medicina, licores… Es un verdadero supermercado pero únicamente de productos chinos…, al menos es lo que parece porque todo está etiquetado en su idioma y solo los precios vienen impresos en un claro signo de dólares para que no quepan dudas.
Art nos lleva a la sección de bocaditos embolsados y allí están las habas tostadas y saladitas, igualitas a las nuestras, aunque más oscuras.
Tras ese breve paseo, donde hemos husmeado también por los restaurantes, negocios de ropa y baratijas, y hemos hecho las tomas de rigor, salimos del centro masticando habitas para volver a la parte este, donde están Witthier, Downey, Bell Garden, Huntington Park, Cudahy, algunas de las ciudades donde Art ha vivido, soñado y trabajado los últimos 23 años de su vida.
Me pone melancólico el intentar adivinar su paso por estas calles serenas y con poca gente en las aceras; sus aventuras personales, su risa y su tristeza, sus esperanzas y derrotas. Huntington Park, donde distingo más negocios con letreros en español, es uno de los sitios donde Art tuvo algunos de sus trabajos: Tapatío Market, en el área de carnicería; el cine Warner, donde la hizo de cajero; un casino cuyo nombre ya olvidó, oficinas postales, y su propia tienda de alimentos: “My baby nutritional center”. Nos explica las dificultades de aquellas tareas, recuerda con nostalgia anécdotas con sus viejos compañeros latinos; el duro oficio de salir adelante en la distancia, los viejísimos pero vigentes afanes del desterrado y las duras historias migratorias de algunos de sus compañeros que intento imaginar en los rostros de los mexicanos a través de las ventanillas del auto.
Buscando escapar de la atadura de los recuerdos, Art acelera un poco y ya estamos en alguna parte de Downey, donde vive tía Gloria, su hermana menor (aunque con más años en esta ciudad). La hallamos atareada en el cuidado de los nietos y la preparación del almuerzo; tiene tiempo sin embargo para darnos la bienvenida e invitarnos a comer. Conversar con ella sobre la familia en el Perú es una isla en esta ruta. La anima muy poco hablar sobre Los Ángeles pues no tiene reparos en mostrar su interés de volver a vivir a nuestro país, pese a que ya es ciudadana americana y tiene 25 años aquí.
Como Art dirige el grupo, no se hace problemas en despedirse de su hermana acabado el almuerzo (comida acabada, amistad deshecha) y llevarnos a Little Lake, un parque con lagunitas donde los patos silvestres que las habitan apaciguan el espíritu. Escasas parejas de amigos y enamorados descansan sobre el césped perfectamente cortado de este lugar que me recuerda los modernos cementerios limeños de las afueras de Lima.
Aquí, Hernán, mi hermano, nos da el encuentro y nos invita a conocer Santa Mónica.Para eso toma otro freeway hacia el oeste y por fin noto que la velocidad promedio en esta vía es de 120 km/h. La ruta es similar a la Vía de Evitamiento de Lima aunque el paisaje definitivamente diferente.
Nuevamente intenta explicarme la dirección de cada uno de los freeways que tomará para llegar a nuestro destino, pero me esfuerzo poco por comprender, seguro de que al final de esta visita a Los Ángeles terminaré por entenderlo todo ya que los freeways son el paso obligado a cualquier parte de la ciudad. La 10, la 105, la 405… son ahora vías que me dicen poco y que, sin embargo, estoy seguro que con los días resultarán familiares.
Lo que sí llama la atención son los carpool, las vías destinadas únicamente a vehículos que llevan de dos a más personas para disminuir la congestión de tránsito. Y es que la mayoría de gente conduce su auto en solitario (según las estadísticas en esta ciudad existe un auto por persona), y los carpool sirven para dar beneficio (pista exclusiva) a quienes comparten su automóvil con quienes ese día prefirieron no sacar su auto sino movilizarse en el de otro.
Como en la camioneta de mi hermano somos cuatro personas, el carpool nos hace llegar rápido a Santa Mónica, ciudad-balneario que se me antoja exclusivo y caro. Alcanzamos el muelle a la hora del sunset y al cruzarnos con gente de muchas razas y lenguas, sé que es un lugar con numeroso turismo. Músicos talentosos, vendedores ambulantes de suvenires, tiendas de ropa, restaurantes de comida marina, un centro recreacional (con juegos mecánicos), abarrotan el amplio y viejo muelle de Santa Mónica donde si no estuvieran frente a él los grandes edificios, uno podría postular que esto tiene algo del muelle de Huanchaco. Se lo digo a Leo, mi hijo, quien, riendo, me contesta que es una comparación exagerada.
La noche ya está sobre nosotros. El camino de retorno a casa, en esta ciudad de enormidades y grandes distancias, me hace sentir una vez más pequeño y elemental.