Chimbote en Línea (Por: P. Matías Siebenaller) ¿Quién no vibra con la narración de la experiencia de resurrección que es la de los discípulos en el camino a Emaús (Cf Lc 24,13-35)? Este relato no deja de impactar en nuestro corazón, porque de una manera muy humana y nostálgica recoge los momentos esenciales y decisivos en la vida de la Iglesia de Cristo.
1. Conversando, la cara triste
Nosotros también, como Cleofás y su compañero, vamos por nuestros caminos. Cargamos con lo que somos, con lo que aparentamos y con lo que padecemos. Mucho es desilusión, fracaso y futuro oscuro.
Hace décadas que Chimbote ya no es la caleta idílica frente a la Isla Blanca. Aquí hubo invasiones, terremotos, explotación sin piedad de pescado y de gente, desencuentros entre “el zorro de arriba y el zorro de abajo”, tráfico con la vida y la muerte.
Nos decimos creyentes, pero para muchos la ausencia de Dios pesa y es muy dolorosa.
2. Jesús caminaba con ellos, pero no lo reconocían
También nuestros ojos están como retenidos y no reconocemos a Jesús que camina con nosotros. La dura realidad de Chimbote, nuestro país siempre desconcertante, nuestro mundo sacudido como nunca por olas y actos de violencia se ubican en “el medio divino: por el misterio pascual la gracia de la salvación es ofrecida a todos los seres humanos de todos los tiempos y lugares; hay señales de la resurrección en el universo entero.
Hay los que comparten de su pobreza. Hay de los que cultivan la mansedumbre en medio de tanta violencia. Hay los que se unen para hacer lo que es bueno. Hay de los que perdonan. Hay las que visitan a los presos en Cambio Puente. Hay educadores que se esmeran por compartir conocimiento y vida. Hay trabajadoras de la salud que se dejan guiar por la compasión. Hay señales de la resurrección del Señor en nuestra casa, en la vecindad, en el centro de trabajo, en la liturgia de la calle.
La anunciada beatificación de nuestros mártires Miguel, Zbigniew y Sandro puede significar un sacudón, un despertar, un mirar con fe.
3. Jesús les explicó lo que había sobre él en las Escrituras
El peregrino desconocido hace preguntas y logra despejar la tristeza. Los discípulos empiezan a hablar como profesionales de la religión. Con elocuencia justifican su falta de fe; la quieren sustituir por el saber y la seguridad.
Con un reproche suave Jesús les lleva a dar más importancia a la escucha de la Palabra de Dios que a los tratados de la palabra sobre Dios. Jesús les hace percibir que él es el cumplimiento de las Escrituras. Él es Yahvé, “Yo soy”: el que vive y hace vivir, el Dios que crea, llama, libera, convoca en alianza de amor y salva.
Jesús les abre el entendimiento de las escrituras y arden los corazones de los discípulos. Parece que de las letras de la Escritura Santa se levanta el resucitado. El afán de tocarlo, de retenerlo se transforma en humilde oración.
4. “Quédate con nosotros”
Podemos actualizar esta súplica de los discípulos con la oración de Benedicto VI en Aparecida:
“Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo densas las sombras, y tú eres la luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y tú los haces arder con la certeza de la Pascua…
Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad…
Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día…
Quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos, que no siempre han encontrado espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad…
Quédate Señor, con nuestros niños y nuestros jóvenes…protégelos de tantas insidias que atentan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas…
¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos! ¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!” (DI 6)
5. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron
Lo decisivo, el encuentro gozoso no va a suceder “afuera”, “en la calle”, sino al interior, alrededor de la mesa. Lucas enumera los cuatro gestos que en el Nuevo Testamento identifican la celebración de la Eucaristía: Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, parte el pan y lo da a los discípulos. “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. No cabe duda, Jesús vive, está presente, es el mismo que les ha explicado la Escritura. El conocimiento sobre Jesús adquirido en la meditación de la Palabra de Dios se vuelve reconocimiento dichoso en la cena. Su presencia es más densa que su ausencia; la mirada de fe más fuerte que la luz del día.
A esa experiencia, a este encuentro, a este don hay que responder.
6. Y levantándose al momento, volvieron a Jerusalén
La dimisión de los discípulos por la muerte de Jesús, por la resurrección de Jesús se convierte en misión. Tienen que desandar el camino hecho sin fe. A los once anuncian que Jesús vive y cuentan como lo reconocieron en la fracción del pan. Lucas, especialmente en los Hechos de los Apóstoles, demuestra que la vida de la Iglesia de Cristo, este nuevo camino, se va estructurando en comunidades que meditan la Palabra de Dios, que celebran la Eucaristía y los demás sacramentos y que asumen la misión de vivir una “fe activa en la caridad”. (Gal 5,6).
Nuestros mártires, Miguel, Zbigniew y Sandro, han caminado por nuestros caminos. También tenían sus dificultades para creer y reconocer al Señor; con miedo y rodeados de las sombras de la muerte suplicaban: “Quédate con nosotros, Señor”. Poco rato antes en la plegaria eucarística habían hecho suyas las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo entregado por ustedes…esta es mi sangre derramada por ustedes”. El mandato de Jesús: “Hagan esto en memoria mía” les encontró obedientes y fieles.
(Publicado en Mar Adentro, abril 2015)