
Chimbote en Línes (Por: Eve Britania Angulo Linares) Cuando salíamos a jugar siempre estaba ahí. En la mañana nos íbamos al colegio hasta las 12:45 p. m., caminábamos a casa cruzando acequias, a veces robando algodones de las chacras que nunca utilizamos porque estaban llenas de espinas. Esa edad en la que llevar algo a casa era nuestra misión. En otras ocasiones nos colgábamos de las carretas jaladas por burros, para evitarnos el cansancio. A pesar de ello llegábamos cansados.
Acabar un día de clases era lo mejor, dejar por un rato los libros, la mente se relajaba, y lo mejor, comer para recuperar fuerzas pues estudiar da mucha hambre. Al terminar de almorzar, caíamos en la seductora tentación de dormir hasta las cuatro de la tarde que nuestras madres nos levantaban para hacer la tarea.
Aprender multiplicaciones, dibujar a Manco Cápac y Mama Ocllo, daba igual lo importante era acabar lo más pronto posible para salir a jugar, luego de las regañadas de nuestras madres por avisarles a última hora las tareas para el día siguiente. Al final, se les pasaba la cólera. ¡Cómo iban a resistir ver nuestras caras sonrientes! al jugar mata gente, las escondidas, las chapaditas, juegos que Charito disfrutaba al máximo.
A las seis de la tarde era nuestra cita, todos salíamos corriendo libres, discutiendo, para decidir si las bolitas o trompitos era el juego elegido del día. Haaaaa, haaaaa, haaaaa, Charito nos avisaba que también quería jugar.
Era una criatura con ganas de divertirse, nos correteaba, movía la cuerda para saltar pero no podía hablar; todos lo vimos, su lengua no estaba completa era solo un pequeño pedazo de carne que trataba de vocalizar una frase. Le teníamos un gran cariño, ayudaba a cargar las bolsas de mercado a nuestras madres, y a nosotros nos acompañaba a comprar pan para el lonche.
“¡Pasen a cenar ya es tarde!”, era una alarma que significaba las ocho de la noche, el término de nuestras travesuras. Sudorosos, pasábamos a lavarnos las manos, no sin antes despedirnos de Charito.
Los días viernes son los días más felices para un estudiante de primaria pero ese día para mí no lo fue. Estaba preocupada, el día anterior había visto a Charito con golpes en la cara y no era la primera vez. Salimos a jugar a las cuatro de la tarde un poco tristes de que “La Charo”, como le decíamos, no nos acompañara. Era raro, ya que al oír nuestras risas siempre aparecía.
Para mí no era igual, y me senté en la vereda junto a mi mamá y las vecinas, en calidad de observadora. No sé cómo salió el tema pero al oír “mariconcito” sospeché al instante que se referían a Charito; por ello me hice la que jugaba a los yacecitos.
La mamá de Giancarlo dijo que a aquél joven de 25 años le gustaban los hombres y mi madre les contó la historia. Charito fue violado hace muchos años en la chacra del hacendado don Raúl, un lugar al que teníamos prohibido ir. Desde entonces ha sido violado casi todos los días por diferentes hombres y para que no confesara le cortaron la lengua.
En ese momento comencé a asociar recuerdos: con razón le tiró un piedrazo al vecino Enrique, y a otros los señalaba y decía haaaa, haaaa, haaaa, y luego huía. No terminé de salir del shock y vi llegar a Charito pidiendo incluirse en el juego; decidí jugar cuando él llego, quería hacerlo feliz aunque sea por unos minutos.
Estaba preocupada nunca supe dónde dormía sino tenía casa; una pena me invadió cuando a las siete de la noche empezó a llover. Le dije a mi madre que lo hiciera entrar a nuestra casa, aunque sea por esa noche; pero ella me recordó que Charito le huía a los hombres, y en mi casa estaban mi padre y tíos, así que me resigné a esperar que llegue el otro día. Entonces, miré por la ventana, allí estaba sentado en la vereda, mirando al cielo como recapacitando; la lluvia le daba cabida para recordar su vida. De un momento a otro se levantó, mojado, y caminó hacia la hacienda de don Raúl. Desde aquel día lo extraño.
Foto: Archivo Histórico El Comercio




