
Chimbote en Línea (Por: Ricardo Ayllón) Escribo esto a pocas horas de cumplir los cuarenta y cinco. Una edad que, la verdad, nunca pensé alcanzar. De chico hacía cálculos y cuando descubría que el lejano y paradigmático año 2000 se interponía en mi camino, todo proyecto de vida se me terminaba allí. Estaba convencido que ese año la vida se me partiría, se rompería en pedacitos infinitos y, entonces, caput, más nada.
Desconcertado y con no escaso bochorno, siento que del 2000 para acá todo aire que respiro, todo movimiento que hago, toda comida que engullo, son solo prestaditos. Vaya usted a saber a quién tendré que devolver luego estos catorce años demás.
Esta es la razón por la que una vieja costumbre como la de recibir felicitaciones y deseos de “muchos años más” cada 4 de agosto, me deja perplejo, consciente de que hay alguien a quien –deseoso de respirarlo con más ahínco– le estoy robando el aire de este mundo.
La idea de que la vida me había emitido certificado de corta vigencia creó tal certeza en mí, que los años ahora me saben a artimaña, a olograma, a cortina de humo. ¿Quién me habrá dejado aquí para engañar al enemigo?
“Todos somos necesarios, pero ninguno indispensable”, las sabias palabras de mi vieja directora de colegio, me suenan ahora más ciertas que nunca. Cuántos genios, visionarios y poetas lograron proezas colosales con menos años de lo que tengo hoy.
Para qué me estaré quedando más tiempo de lo debido. ¿Para que sea perfectamente demostrable que esta vida es tan ancha y ajena que hasta hay cabida para los insustanciales?
Son varios años ya desbordándoseme como absurdos colgajos, y, sin embargo, aquí espero, sentado al borde del río de la vida, pagado de mi suerte, cayendo en la cuenta del abuso que he cometido.
Pasan las aguas indeteniblemente, llevan y llevan episodios de mundo, y yo con plena conciencia de mi morosidad, preguntándome quién se encuentra del otro lado con las arcas abiertas esperando mi reembolso de estos años sobrantes.




