
Chimbote en Línea (Por: Ricardo Ayllón) Jaime Guzmán, con un vaso de tinto en una mano y los fotolitos de la nueva edición de “Altamar” en la otra, estaba sentado en un sofá de su sala. Lo acompañaba un sobrino que lo apoyaba en la edición de aquella revista cultural donde había puesto todas sus esperanzas y cuitas. Era junio de 1992 y pude dar con su domicilio precisamente gracias a “Altamar”, cuyo primer número me había enviado mi madre a Lima como una novedad. Por eso, en la primera oportunidad que tuve de viajar a Chimbote, fui en busca del director de esa revista pretextando que requería las bases de un concurso de poesía local.
–Entonces escribes poesía, ¿y qué poetas son tus preferidos? –fue lo primero que oí salir de sus labios luego de presentarme y explicarle que andaba tras las bases de un concurso literario.
Como premio a mi respuesta, me extendió ágilmente un vaso de vino y brindó por Whitman, Adán y Oquendo de Amat, los primeros nombres que arribaron a mi memoria y que a él lo encendieron más que el delicioso vino probado esa tarde.
Su barba aún no dejaba notar aquellas canas que en los años siguientes invadieron su desordenado pelambre. Pero su habla entrecortada, su ironía a flor de piel, aquella risa desquiciada y ese divertido empeño de llevar todo al terreno sexual, ya eran parte de su temperamento. Años después, el escritor Gonzalo Pantigoso me contaría que él había conocido a otro Jaime Guzmán, a un joven arisco con endurecidos aires de intelectual, y no se explicaba qué había ocurrido en su vida para que se produjera aquel viraje de 180 grados.
Lo cierto es que sentado frente a él y su sobrino (un muchacho mayor que yo, que andaba por los 22 años), tuve la feliz sensación de conocer a un ser especial, a una suerte de fauno (como lo bautizaría luego el eufórico Miguelito Rodríguez Liñán) con quien uno podía pasarse el día y la noche platicando de poesía sin sentir el cansancio de las horas. Ese día de junio de 1992 prendió en mí la certeza de que Jaime Guzmán Aranda sería en adelante un cómplice de lecturas, un padre literario, un amigo para toda la vida.

Pero el magnetismo era mayor cuando uno lo hallaba en ese pequeño espacio del mundo donde nadaba en sus aguas: su librería. Desde allí atendía consultas de precios, planeaba pedidos de libros, comentaba sobre política, indagaba por gente que echaba de menos, hilvanaba textos personales, leía a salto de mata el libro que lo tenía seducido, atendía a profesores y estudiantes, criticaba la mala literatura, explicaba rencillas personales, se entusiasmaba con el libro que estaba editando, se ponía de pie, abría los brazos, se rascaba la cabeza, volvía a sentarse; llamaba con apremio a Carmencita, a Mercedes, a Miriam, a Rosita, a Vilma, al Chino Pérez, sus grandes aliados en la editorial y la librería; buscaba volúmenes ‘perdidos’ frente a sus narices, retomaba el hilo de la conversación, contaba asuntos íntimos enfatizando con un atrevido movimiento de manos, se mataba de la risa, mandaba a comprar gaseosas, kekitos, ¿un ceviche?… se iba haciendo tu amigo.
Y es que esa librería no siempre fue un centro de trabajo, fue también salón de reuniones, huarique, comedor para recibir a los amigos que llegaban todos a la vez. Pintores, médicos, abogados, profesores, periodistas, artistas de todo cuño, escritores de otras ciudades y países estuvieron alguna vez allí, a puerta cerrada, disfrutando con la pícara charla de un Jaime encantado de poder tener en casa a viejos camaradas, nuevos compañeros y futuros socios, reunidos todos en un brindis cómplice, en una comilona insospechada, en un sano bailongo que a veces se prolongaba hasta altas horas de la noche.
Uno de mis momentos más dichosos con él fue cuando le conté que, en una de mis escapadas a Chimbote, había encontrado la casa de mis padres con llave y no pude entrar porque ellos también estaban de viaje. Jaime no se indignó con mi contratiempo, más bien se rio mucho (como era su estilo), pero aquello sirvió de excusa para que me hiciera una hermosa invitación:
“Cada vez que llegues de Lima me avisas y te vienes a tomar desayuno a la casa, para que me cuentes las últimas”. Por ese tiempo ya me había sugerido visitar a algunos amigos suyos en la capital, y lo que deseaba era saber cómo me iba con ellos. Pedro Escribano, Jorge Luis Roncal, Chema Salcedo, Marco Martos, Ricardo Vírhuez, Guillermo Thorndike, Maynor Freyre, Óscar Colchado, Oswaldo Reynoso… casi todos me abrieron las puertas de sus casas gracias a esa mágica llave llamada Jaime Guzmán.
Y gracias también a él conseguí uno de los trabajos más hermosos que he tenido en la vida, el de redactor cultural y corrector de estilo. El otoño de 1996 yo estaba viviendo nuevamente en Chimbote, y el diario La Industria necesitaba un corrector. Se lo conté a Jaime y este me aminó a postular (“Ese trabajo es preciso para ti”). Lo curioso es que este requerimiento aparecía justo los días en que yo lo apoyaba corrigiendo uno de los libros de Río Santa Editores. Jaime tuvo la magnífica idea de poner mi nombre en los créditos (“Corrección de estilo: Ricardo Ayllón”), y el presentar ese libro fue suficiente argumento para que el Diario ‘comprobara mi experiencia’.
Aquella fue la época en que Jaime, pasada la aventura de “Altamar”, se empeñaba en convertirse en productor cultural, y una de las más importantes cosas que hizo fue traer al grupo Cuatrotablas de Lima para la reposición de “Oye”, la misma pieza teatral que había sido un éxito en Chimbote 25 años atrás. Y claro que volvió a ser un éxito, y sin embargo, Chimbote parecía no estar preparado para una actividad cultural incesante y por todo lo alto como pretendía Jaime.

Por eso siguió poniendo todo su empeño en su tarea editorial, y para nadie es un secreto que sus presentaciones de libros eran ‘una fiesta’. Mis retinas han guardado bien aquellas lejanas pero multitudinarias presentaciones de “De del mar a la ciudad”, de Óscar Colchado; “Banchero, los adolescentes y alucinantes años 60 de Chimbote”, de Guillermo Thorndike; “Las islas blancas”, de Julio Ortega, allá en el viejo local del Rotary Club, hacia la segunda mitad de la década de los 90.
Escritores invitados como Carlos Eduardo Zavaleta, Marco Martos, Pilar Dughi, Macedonio Villafán, Oswaldo Reynoso, Washington Delgado, Miguel Gutiérrez, volvían a sus lugares de origen y esparcían la semilla de que en Chimbote habían vivido la presentación de libro más impresionante de sus vidas, donde el editor abarrotaba locales y casi siempre se le agotaban los libros, por lo que tenía que mandar por más a la imprenta.
Ese era Jaime Guzmán Aranda, quien inoculaba siempre en sus amigos la decisión de hacer una vida en literatura, la única forma que tengo ahora de rendirle tributo y demostrar que la suya fue siempre una amistad indispensable, pero más que eso, una amistad para toda la vida.




