domingo, 23 de agosto de 2026
Libre Opinión

La “marca Chimbote”

6 min de lectura
Compartir:

¡El Perú está de moda! nos grita con entusiasmo la campaña de lanzamiento de la marca Perú. Y entonces Chimbote – síntesis del Perú - ¿cuándo estará de moda?

 

Me lo pregunto pensando en el posicionamiento que nuestro puerto tiene en el resto del país, es decir, en qué imagen se le viene a la mente a un arequipeño, un loretano, un huancaíno o un limeño cuando alguien les menciona Chimbote.

 

Estoy casi seguro que no es nuestra Isla Blanca o nuestras playas, nuestro aporte siderúrgico al boom de la construcción, la “reserva ecológica” de nuestros humedales, o nuestra plaza de Nuevo Chimbote con su imponente catedral, ni siquiera nuestro San Pedrito.

 
 

En el mejor de los casos se evoca la ilusión del puerto donde todavía cualquiera puede hacer dinero, pero casi de inmediato – y aunque no nos lo digan – relacionarán esa idea con la imagen de ciudad maloliente, sucia, libertina y, sobre todo, delincuencial. Del chimbotano promedio se tiene la misma desconfianza que aún se tiene del peruano que se presenta como tal en España, Chile o Estados Unidos. Sin ánimo de validarlo, lo cierto es que nuestro estereotipo no es para llevarlo como bandera.

 

Sin embargo, pensemos en cómo  a nivel país se han remontado muchos de esos temores. Hoy cuando se habla de Perú también se habla de nuestra gastronomía, del “milagro” económico, de nuestros Kina, Juan Diego o Sofi, o de las posibilidades turísticas de nuestra diversidad geográfica.

 
 

Claro, para eso, nuestro viejo Jorge Chávez se ha convertido en el aeropuerto con mejor atención en Sudamérica; el visitante tiene a la mano tiendas por departamento que le ofrecen lo último que se vende en Miami o Sri Lanka; los restaurantes en Cusco, Lima, o aquisito nomás, en Trujillo, lo reciben con sonrisas amables en locales limpios y modernos; y las carreteras han mejorado.

 

En paralelo, nuestros empresarios han aprendido que para exportar sus productos son indispensables la calidad total y el cumplimiento de los compromisos. En síntesis, el Estado y las empresas peruanas entienden ahora que la competitividad y el buen servicio son la clave para ser vistos como una marca vendible en el mundo.

 

¿Podríamos tener algo así como una “marcha Chimbote” para marketearnos en todo el país?, ¿La necesitamos? Yo creo que más que nunca.

 

Imaginen la posibilidad de que cada vez que un peruano abra una lata de conserva de pescado piense en nuestro puerto – y en no Paita, Ilo o el Callao –,  o que confíe en el fierro para su nueva casa por el solo hecho de que viene de Chimbote, o que cuando defina el lugar donde vacacionará nos considere en su agenda porque aquí están las mejores playas y el mejor ceviche del Perú, porque su familia estaría segura, yendo de compras sin soportar el ruido o la basura y confiando en que las tiendas y restaurantes lo atenderían con amabilidad. Y, por supuesto, cuando piense en oportunidades de negocios considere que en Chimbote todos los proveedores se esmeran por competir en calidad y buen servicio.

 

Los beneficios son inmensos, pero el reto también. Cada chimbotano de a pie debería entender lo mucho que ayuda al no arrojar esa envoltura en la acera, o al recibir con una sonrisa a ese cliente que paga su sueldo (aquí lo tratan como si le hicieran un favor), o asumiendo y exigiendo que sin áreas verdes no se puede vivir dignamente.

 

Del mismo modo, nuestras autoridades deberían entender que su trabajo va más allá de colocar pistas y veredas (que también hacen mucha falta), su verdadero rol es promover la ciudad, hacer de ella un producto vendible, en lugar del conjunto desordenado de barrios e invasiones que hoy es.

 
 

¿Cómo es posible atraer aerolíneas si no tenemos un verdadero aeropuerto? ¿Cómo cambiar nuestra imagen caótica si desde la ventana del bus el viajero aún observa los rezagos del mercado El Progreso y el surrealismo urbanístico de los alrededores del puente Gálvez, las calles sin asfaltar de las transversales de Meiggs y Pardo y las invasiones que hoy caracterizan a Nuevo Chimbote?

 

¿Cómo cambiar el estigma de ciudad maloliente si el centro de Chimbote y el terminal terrestre están rodeados de fábricas a las que nadie exige utilizar tecnologías limpias? ¿Cómo hablamos de modernidad y seguridad para las inversiones cuando las interferencias políticas han hecho que seamos la única ciudad importante del país que no ha avanzado en mega proyectos comerciales o de vivienda?

 

He allí el primer paso para construir nuestra marca: mejorar como producto. Eso implicaría, por ejemplo, que la avenida Pardo sea un inmenso bulevar, verde y hermoso, que nuestros vendedores enamoren con su amabilidad, que nuestras industrias respeten las normas ambientales y la salud de los vecinos, que haya acceso fácil y seguro a Caleta Colorada, al futuro museo de la Huaca San Pedro, o a Moro, nuestra cuna del pisco.

 

Solo así podríamos lograr que Chimbote signifique ceviche-playas-buen trato-orden urbano-industria-limpieza-lugar para vivir bien. Y entonces el comercial de lanzamiento de la marca  Chimbote podría mostrar como nuestros mejores cevicheros le enseñan a comer anchoveta a los peruanos de un alejado pueblo de la sierra, mientras intentan transmitirles esa pasión nuestra por la blanquirroja galvista, les muestran fotos de nuestros incomparables paisajes costeros, y les amenizan la tarde con la pegajosa música de los Rumbaney. Por casualidad, la calle principal del pueblo no se llamaría Lima, Independencia, ni Progreso, el rótulo diría simplemente Chimbote.

 

La imagen final mostraría como isotipo esa silueta que se utiliza para simbolizar fábricas o industrias, con un estilizado brote que en vez de humo sugiera una delgada y hermosa flor verde, y en la base las líneas ondeadas de nuestro mar. Esa sería nuestra marca y estaríamos orgullosos de lo que representa.

 

 

Compartir: