Una tarde decidí jugar al Marlon Brando y ella se la tuvo que bancar

Chimbote en Línea (Por: Víctor Pasco) Ella camina por la habitación mientras grita y mueve las manos. Así ha sido el último par de semanas: ella gritando y moviendo las manos; revoloteando en la habitación como si su existencia dependiese de ello. Y, creo, comienzo a hartarme.
A veces solo la hago enojar para ver hasta dónde va a llegar. Es como un experimento. Y otras veces, cuando me canso, quisiera castigarla. Pero no golpeándola. Golpear es un acto irracional, un verdadero golpe se da en estado de adrenalina o en un arranque de sinceridad. Y yo, ahora, francamente estoy más que hastiado de mí y del mundo.
Alguna vez una amiga me preguntó si yo la mataría. ¿Matarte? Me lo pensé mucho y le dije que eso sería aburrido. Le expliqué si estuviera en esa situación yo no le pegaría un tiro entre las cejas o le rebanaría el cuello. No, eso es aburrido. Yo te arrancaría uña por uña, diente por diente, cabello por cabello, vello por vello, y luego te haría tajos con formas extrañas en el cuerpo. Metería por todos tus orificios los objetos más asquerosos y luego quizá te prendería fuego o te cortaría en trocitos y vería cómo los perros se comen tu carne. Ella me miró sorprendida y luego se rio largamente. Si supiera que yo no estaba bromeando. En serio, lo hubiera hecho.
Pero ahora no puedo dar rienda suelta a mis pasiones. Estoy sedado por todo lo que ha pasado. Me he arrastrado todo el verano esperando el invierno. Y ahora que es invierno me he sumido en un largo letargo. Tiene que ser algo rápido y que me dé placer al realizarlo. ¿Qué puede ser?
–¡Ni siquiera estás escuchándome! –grita ella y debo volver a la realidad de mis ensoñaciones.
–Yoooo… sí estaba escuchando… –miento mientras penetro en sus ojos con violencia, o eso creo que reflejo.
Se cansa de la situación y se recuesta boca abajo en la casa. Entonces se enciende el foco sobre mi cerebro. Me siento junto a ella, le acaricio la espalda. Ella se mueve rechazándome. Pero insisto y, en un descuido suyo, le abro el jean. Ella sabe cuánto adoro su trasero y me deja hacerlo pensando que voy a acariciarlo.
Hace meses me preguntó por qué la quería. Y le dije que adoraba cada parte de su cuerpo (piernas, pechos, trasero, ojos, piel, manos, etc.). Y esas partes componían un todo, entonces irremediablemente debía quererla. Sin embargo, no era lo que esperaba oír. Bueno, sinceramente, amar las partes no quiere decir que amas al juguete ensamblado. Debo cuidar mejor mi boca.
Le bajo el jean y la tanga hasta la rodilla, ella se deja hacer pensando que mi intención es noble. La intento acariciar, algo me detiene. Lo pienso y me levanto, voy a la cocina. Busco la mantequilla en la alacena y regreso al cuarto.
Extrañada, ella me pregunta qué hago. Callado me pongo un poco de mantequilla en los dedos y lo paseo por el contorno de sus posaderas hasta su interior. Nunca lo había hecho, por lo que ella se tensa y quiere zafarse.
–¿Sabes lo que hace Marlon Brando con la protagonista de “El último tango en París” mientras le habla de la familia? –le susurro al oído y abro mi bragueta.
–No… –dice ella pensándolo mucho, como si debiera de saberlo. Sí que debería.
–Entonces esto será nuevo para ti –monto sobre ella y a cabalgar. Lo demás os podéis imaginarlo.




