Chimbote en Línea. - “Quien representa a la nación tiene el
deber de buscar aquello que une a los peruanos por encima de aquello que los
divide”.
"La presidenta ha trazado un rumbo. Ha identificado los
principales problemas del país y ha fijado prioridades. Eso merece ser
reconocido". Ilustración: El Comercio
La Constitución no dice únicamente que el presidente
gobierna. Dice algo mucho más exigente: representa a la nación. No representa a
su partido, ni siquiera a quienes votaron por él. Representa a un país
profundamente dividido, desconfiado y fatigado por años de enfrentamientos
estériles. Esa representación no es una fotografía del día de la elección; es
una tarea que debe construirse todos los días.
El primer mensaje de la presidenta Keiko Fujimori deja
precisamente esa reflexión. Fue un buen discurso de gobierno, pero todavía no
terminó de convertirse en un discurso de Estado.
La presidenta acertó al identificar el verdadero problema
del Perú. No intentó ocultar la magnitud de la crisis. Describió un Estado
debilitado por la corrupción, la ineficiencia y la incapacidad para prestar
servicios públicos de calidad. Identificó prioridades —el fenómeno El Niño, la
seguridad ciudadana, la infraestructura, la reducción de las brechas sociales y
la recuperación económica— y anunció objetivos que podrán ser evaluados por la
ciudadanía. Es un avance. Un gobierno que fija metas, acepta, al mismo tiempo,
ser juzgado por sus resultados.
Pero representar a la nación exige algo más que identificar
problemas, fijar prioridades o anunciar objetivos. Exige construir una causa
común, un propósito capaz de convocar a la inmensa mayoría de los peruanos,
incluso a quienes no votaron por el gobierno. Los países no se transforman
únicamente porque tengan buenos diagnósticos. Se transforman cuando una
sociedad encuentra una razón para caminar en la misma dirección.
Si ese propósito es reconstruir el Estado, la política será
indispensable. La conformación del Gabinete revela que la presidenta ha
privilegiado ese componente. No es necesariamente una mala decisión. Durante
los últimos años hemos sostenido que el Perú necesita recuperar la política
entendida como diálogo, construcción de acuerdos y capacidad para cohesionar
una sociedad profundamente fragmentada. Los ministros políticos negocian con el
Congreso, explican las políticas públicas, articulan consensos y, muchas veces,
absorben el desgaste que, de otro modo, recaería exclusivamente sobre el
presidente.
Pero la política, por sí sola, tampoco reconstruye un
Estado.
Gobernar exige encontrar un equilibrio entre conducción
política y capacidad técnica. Si el objetivo es construir un Estado eficiente,
la verdadera prueba no estará únicamente en el Consejo de Ministros.
Estará en las designaciones que el gobierno realice en las
próximas semanas en las instituciones que sostienen el funcionamiento cotidiano
del país: la Sunat, la SBS, la Sunarp, el Indecopi, los organismos reguladores
y tantas otras entidades en las que la competencia profesional resulta tan
importante como la decisión política. Es allí donde se juega, en buena medida,
la posibilidad de que el Estado vuelva a servir eficazmente a los ciudadanos.
Hay, además, un aspecto que el discurso dejó apenas
insinuado. El artículo 110 de la Constitución no impone únicamente una función
jurídica; también expresa una responsabilidad política y moral. Quien
representa a la nación tiene el deber de buscar aquello que une a los peruanos
por encima de aquello que los divide. Esa es, probablemente, la tarea más
difícil de cualquier presidente y, al mismo tiempo, la condición indispensable
para reconstruir la confianza en las instituciones.
La presidenta ha trazado un rumbo. Ha identificado los
principales problemas del país y ha fijado prioridades. Eso merece ser
reconocido. Pero el desafío que comienza ahora es mayor: convertir ese programa
de gobierno en un proyecto nacional capaz de convocar a la inmensa mayoría de
los peruanos alrededor de una gran tarea compartida: reconstruir el Estado para
que vuelva a estar al servicio de las personas.
Porque solo entonces el presidente dejará de representar
formalmente a la nación para comenzar a representarla constitucional y
políticamente. (Escrito por Walter Gutiérrez Camacho (*) fuente: Diario El
Comercio)(Ilustración El Comercio)
(*)Abogado y exdefensor del Pueblo