
Chimbote en Línea (Por: Pbro. Segundo A. Díaz Flores) En el V Domingo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos habla de la vida. La vida humana recibida de Dios a través de nuestros padres, se trunca muchas veces, por la enfermedad y luego por la muerte. Hoy Jesús, en el Evangelio nos demuestra su poder sobre la muerte, al volver dar vida a Lázaro a través de su palabra.
Ezequiel, profetiza que el Señor infundirá su mi espíritu, y viviremos. La vida del Señor que nos da en nuestra concepción y la promesa de la vida eterna es por la misericordia, del Señor, como hemos exclamado en el Salmo 129.
La vida en plenitud es la vida del Espíritu de Dios que habita en nosotros como afirma el Apóstol Pablo en su carta a los Romanos. El Espíritu de Dios dado en el Bautismo, nos hace vivir como hombres de Dios: puesto que los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Afirma el San Pablo.
Es el Espíritu que da vida: si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús dará nueva vida a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes.
En el Evangelio Jesús se revela como la Vida que comunica vida: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,1-45). Lázaro enfermo y muerto puede ser cualquier varón y mujer sujetos a la carne. Sujetos al dolor, enfermedad y muerte.
Pero también sujetos a la corrupción moral, por ello solo en Jesús encontramos salud espiritual y vida eterna. Para, Jesús aunque estemos muertos, vivimos por para él, porque es un Dios de vivos y no de muertos, y nos quiere dar vida a todos, por ello, San Gregorio Nacianceno exhorta: «“¡Lázaro, sal fuera!” Acostado en la tumba, esta llamada ha resonado en tu oído. ¿Acaso hay una voz más grande que la del Verbo?
Entonces, tú que estabas muerto, y no tan sólo después de cuatro días sino desde hacía largo tiempo, has salido. Has resucitado con Cristo…; tus vendas han caído. Ahora, no vuelvas a morir; no te reúnas con los que yacen en las tumbas; no te dejes ahogar por las vendas de tus pecados. (…) ¡Qué la llamada del Señor resuene en tus oídos! No los cierres a la enseñanza y a los consejos del Señor. Si en tu sepulcro estabas ciego y sin luz, abre los ojos para no hundirte en el sueño de la muerte. En la luz del Señor, contempla la luz; en el Espíritu de Dios, fija tus ojos sobre el Hijo. Si acoges la Palabra entera, concentras sobre tu alma el poder de Cristo que cura y resucita. (…) No temas esforzarte para mantener la pureza de tu bautismo y pon en tu corazón cuales son los caminos que suben hacia el Señor. Conserva cuidadosamente tu absolución que por pura gracia has recibido».
El amor de Jesús por Marta, María y es un amor de benevolencia, que emana del ser divino de Jesús, puesto que Dios es amor. El amor de Jesús, no solo es para unas cuantas personas, sino se extiende a todos los seres humanos, desde su concepción hasta su muerte natural. Este amor universal de Jesús por todos, se dan en algunos como amor de amistad.
Jesús al dar vida a Lázaro nos muestra que él es más que un gran profeta, de que Él era el Señor de la Vida y como tal tiene poder sobre la muerte. Los cuatro días es un signo claro de poder sobre la muerte y la vida. Puesto que para la mentalidad judía el alma podría estar al lado del cuerpo hasta 3 días, dentro de los cuales, algunos profetas como Elias y Eliseo, obraron milagros de reanimación. Pero Jesús, al tardarse hasta el cuarto día, es una manifestación de que Él más que Elías y Eliseo, los profetas mayores.
Él es el Kyrios, el Señor, Señor de vivos y muertos. Por ello afirma San Agustín: «Dice, pues: “El que cree en mí, aunque hubiera muerto (en la carne), vivirá en el alma hasta que resucite la carne para no morir después jamás”. Porque la vida del alma es la fe. “Y todo aquel que vive (en la carne) y cree en mí (aunque muera en el tiempo por la muerte del cuerpo) no morirá jamás”».
*Párroco de Cristo Rey – Diócesis de Chimbote




