
Chimbote en Línea (Columnistas- Por Germán Torres Cobián).- A veces, con la llegada de la Semana Santa, uno suele evocar las costumbres que había durante esta celebración religiosa en el antiguo Chimbote de calles polvorientas: la asistencia a los cines donde pasaban películas sobre la vida, pasión y muerte de Jesucristo (¡la de lágrimas que hemos derramado por este pobre hombre!), la prohibición de comer carne vacuna, el no cometer ningún pecado en esos días,el escuchar música solemne o clásica y, sobre todo, asistir a las procesiones…
Muchos años después, estoy en situación de decir que puedo contemplar con cierta distancia, con cierto racionalismo, estas prácticas católicas que con el tiempo han ido desapareciendo, o decayendo como es el caso de las procesiones, hoy por hoy exiguas en participación popular.
Parece que este hábito de la procesión está siendo reemplazado o renovado en nuestro puerto por la peregrinación al Cerro de la Juventud. Si la asistencia a las procesiones callejeras se está perdiendo, convendría que esta romería hacia el Santuario del Señor de la Vida sea potenciada, diversificada y organizada con más imaginación. Podría ser que con el tiempo, esta procesión hacia el Cerro devenga en atractivo turístico e impulso para la innovación de la fe católica de los creyentes, que ahora se está derivando hacia otras sectas religiosas.
Pero, para procesiones, las de España. Hay muchas cosas interesantes para ver en este país por la época de Semana Santa (y en todas las épocas); la procesión de Valladolid es una de ellas. Hay otras más: los tambores de Calanda, en la provincia aragonesa de Teruel(donde acudía puntualmente todos los años el gran director de cine Luis Buñuel, desde su semi exilio en México); los “picaos” o disciplinantes de San Vicente de la Sonsierra, en la Rioja; los “empalaos” de Valverde de la Vera, en Cáceres; el Santo Entierro de Bercianos de Aliste, en Zamora (tal vez Monseñor Simón Piorno haya acudido alguna vez a este rito).
Y también están las procesiones de Granada, de Cuenca, de Orihuela, sin hablar de la de Sevilla, que pude contemplar hasta en tres ocasiones, la última en 1992 (con ocasión de mi asistencia a la Exposición Universal organizada por esta ciudad) y que es uno de los espectáculos religiosos más llamativos que he presenciado en mi vida.
Durante la dictadura franquista, en las grandes ciudades, en Madrid por ejemplo, se hacían notar mucho las festividades de Semana Santa. Había altavoces en las puertas de algunas iglesias que ensordecían a los peatones con oraciones pronunciadas por sacerdotes.A partir de la apertura democrática (de 1977 en adelante) se empezó a notar en España ciertos atenuantes en la imposición de estas fiestas a tirios y troyanos.
En mis continuos viajes a Palencia por razones familiares, he tenido la oportunidad de visitar varias veces Valladolid, que se encuentra a unos 50 kilómetros de aquella ciudad. Siempre tuve curiosidad por ver una procesión de Semana Santa en la capital de la región que antaño se denominaba Castilla-La Vieja.
Fui en 1984 con un gran amigo vallisoletano. Mientras paseábamos por la ciudad, me fue contando algunas cosas de su historia. “Aquí se celebraban los autos de fe de la Inquisición”, me dijo al llegar a la Plaza Mayor. “Aquí los autillos”, y me señaló la portada dela Iglesia de San Pablo. (El ambiente de Semana Santa y las vestiduras de los nazarenos le hacían recordar a los inquisidores). Me mostró junto a la Iglesia de San Miguel, el lugar donde estuvo la casa del Obispo erasmista y humanista Juan de Cazalla, de quien se dice que fue quemado vivo con toda su familia por el Santo Oficio.
Después de pasear por la ciudad fuimos al edificio del diario “El Norte de Castilla”. Desde los balcones de este añejo rotativo presenciamos el paso de la procesión del Viernes Santo. Lo que más me llamó la atención fueron las imágenes artísticas alusivas a la pasión y crucifixión de Cristo que portaban los procesionarios; eran verdaderamente admirables. Había cuadros de autores castellanos del siglo XVI y XVII; y pude ver un bellísimo y patético Cristo Crucificado que se atribuye al escultor italiano Pompeo Leoni. Así, hasta una treintena de obras, entre imágenes y esculturas, a cada cual más hermosa.
No pude apreciar en el transcurso del desfile procesional esa solemne y severa compostura que se atribuye comúnmente a la Semana Santa castellana en contraposición a la andaluza. No había ese “silencio sepulcral, solo roto por el redoble de los tambores” que yo esperaba, tal como lo anunciaba la propaganda. La escenografía estaba más bien descuidada.
Las imágenes de la procesión sevillana son inferiores a las que se exhiben en Valladolid, pero la escenificación de la Semana Santa en Sevilla es realmente extraordinaria. Esta ciudad andaluza se convierte por unos días en un grandioso escenario callejero en el que las cofradías y los espectadores, representan algo así como funciones de teatro de una extraordinaria perfección.En general, todas las procesiones de Semana Santa en España tienen algo de asombroso. Lo que nunca acabé de entender es el desfile por las calles de los nazarenos, esos encapuchados, disfrazados igual que los racistas del Klu-Klux-Klan norteamericano, algunos de ellos descalzos y cargados de cruces. Siempre he pensado que era algo siniestro y amenazantemente inquisitorial. Como en la Edad Media. (Por: Germán Torres Cobián)




