domingo, 23 de agosto de 2026
Libre Opinión

Mi mejor carta

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Mi mejor carta

Chimbote en Línea (Por: Guillermo Martínez) Mi primera carta no la escribí. Fue una impresión contorneada de la planta de mi pie pequeñito en una hoja de papel. Es uno de esos recuerdos lejanos de mi infancia que recuerdo con mamá y mis hermanos, aún niños en afanes de redactores para enviar el sobre a papá.

Durante nuestra niñez había un día en la familia Martínez Pinillos en que no se salía a jugar. Mientras muchos niños del mundo jugaban a ser Roy Rogers, Butch Cassidy, comisarios y pistoleros, nosotros tendríamos la tarea de fabricar epístolas familiares bajo la rigurosa jefatura de redacción de mamá.

Ella, tan menuda que no se le vería detrás  de un escritorio, era una jefa implacable con cientos de vuélvelo a hacer ante el más mínimo borrón; una correctísima ley de censor que oteaba entrelineas aguzando miradas al mínimo atisbo de información peligrosa. Ah, sí.

Que estos redactores tenían que ser correctos y nada de manifiestos políticos, ninguna proclama de libertades, a través de esas cartas no se había de pedir ayuda externa ni del más mínimo caramelo Bionic, por más deseado que fuera.
Era el reto de hacer el mejor encabezado. La mejor fórmula de despedida. La letra más dibujada que mi hermano Óscar no siempre lograba, desde la militancia siniestra de su mano.

La temporada de las cartas sería durante varios años como un tren en el que íbamos. No nos quedaríamos de pie en el andén hasta esperar respuesta pero sin duda una misiva llegaría y nos traerían noticias de ultramar y de parientes perdidos en las ciudades; anuncios de visitas que perturbarían gratamente nuestras diarias alegrías. Señal de que allá, en el mundo que no veíamos y que alguna vez dejamos, nada se había detenido y todo caminaba.

Tras correcciones y revisiones por fin mamá aparecía con el sagrado block de papel carta y nos repartía los pliegos necesarios para escribir. Ese papel era especial, fino y casi transparente. Tenía marcados en color suave unos renglones que yo sentía demasiado estrechos para mis redondos caracteres de párvulo.

Me gustaban las siluetas de aviones de ese papel, que ilustraban la importancia de mis textos. Sentía como si mis cartas fueran comunicaciones oficiales que viajaban en aviones oficiales y llegaban a manos de personas oficiales.

Por eso me sumía en un silencio de amanuense y pensaba “esta tiene que ser mi mejor carta”. La quietud era tanta que podía escuchar cómo susurraba el bolígrafo deslizándose por la refinada celulosa.

Las cartas fueron hasta pasada mi adolescencia un medio eficaz de comunicarme. Claro que no era inmediato. Pero en ese entonces hasta los periódicos llegaban al mediodía, los viajes eran esporádicos y largos, las cartas llegaban de cuando en vez. Es que en aquellos años el mundo todavía se tomaba su tiempo.

El cartero conocía nuestra casa, porque era una parada frecuente. En Santa, el viejo Lupo llegaba con los pantalones verdes y su polvoriento paso arrastrado. Desde el pórtico balbuceaba anunciando el nombre del remitente, durante su recorrido de entregas a domicilio.

Cuando nos mudamos a la costa y llegada la adolescencia yo dejé de escribir con ese afán religioso. Alguna vez alguno de mis hermanos se hizo sofisticado he hizo cartas a máquina, Pero más temprano que tarde la costumbre familiar fue desplazada. Tal vez la dejamos olvidada durante una mudanza. Por tanto el block de cartas perdió su carácter sagrado y salió de su tabernáculo pasando a ser cuaderno de apuntes.

Los viajes se hicieron más cortos, las visitas más frecuentes y las cartas de antaño las guardamos en cajones de memorias que rebuscamos a veces cuando la lejanía del amor se rebalsa.

Cuando no hubo más cartas que escribir ya teníamos el hábito. Manuel, el hermano mayor se hizo poeta. Yo seguí escribiendo nomás sin sentido alguno. Llenaba gruesos cuadernos por la vieja manía de escribir. Empezaba una tras otra las hojas tratando de hacer el mejor encabezado, la mejor fórmula de despedida, la letra más dibujada hora tras hora, día tras día.

Hoy que me puse a escribir lo he vuelto a sentir. Es lo que siento cada vez que encuentro el papel en blanco o la hoja digital del computador.

Siento como si emergieran las antiguas siluetas de los aviones, la angosta línea del renglón. Otra vez me pesan las manos y sudan mis palmas ante la emoción. “Sí”, me digo a mí mismo y siento que aparece a mi lado mamá. Entonces se repite un eco del pasado mi voz interior que dice “esta tiene que ser mi mejor carta”.

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