domingo, 23 de agosto de 2026
Libre Opinión

Humala, aunque esta vez pagaré mi multa

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(Por: Ricardo Ayllón)  El docente y cinéfilo Paul Rivera, amigo y colega columnista de este diario virtual, se da maña de vez en cuando para achacarme mi calidad de apátrida dentro de este país. ¿Que cómo es eso?

Ahora se lo explico: lo que ocurre es que yo soy natural de Chimbote, pasé casi la mitad de mi vida en Lima y, sin embargo, desde hace un año habito en los hermosos paisajes de Cajamarca (que cada día me gustan más y los veo como un bonito lugar para hacerme viejo).

“Decídete, pues, Ricardo –me interpela Paul– en qué parte del Perú quieres vivir”. Obviamente su reproche no pasa de ser un reclamo medio en broma y medio en serio; pero cada vez que me lo recuerda no puedo dejar de pensar seriamente en que tal situación me deja sin piso y, a la vez, me convierte en una suerte de ave migratoria que para ciertas necesidades se ve obligada a retornar a sus lugares de origen.

Es lo que está ocurriéndome actualmente por no haber actualizado el domicilio en mi DNI. Desde las elecciones regionales, el año pasado, hasta estas presidenciales que vienen con segunda vuelta, debo darme un viajecito de 30 horas (entre ida y retorno) a Lima, y desembolsar no solo lo que corresponde a mis pasajes y a los de mi esposa, sino también a los de nuestros niños, quienes necesariamente deben venir con nosotros porque no tenemos con quién dejarlos en Cajamarca.

Echándole pluma, cada viaje representa un promedio de 700 soles únicamente en pasajes, fuera de gastos de comida, movilidad y estadía todo un fin de semana en la Capital. Por esta sencilla razón, en esta segunda vuelta presidencial, cuando algún conocido me pregunta por quién voy a votar, la respuesta es un largo silencio que, más de un interlocutor, confunde con la indecisión o con aquel recelo que produce el ser cien por ciento sincero políticamente.

De este modo, si alguno de los conocidos que me hizo tal pregunta está leyendo estas líneas, que sepa de una vez por todas que sí tengo mis preferencias electorales, pero que mi silencio nada tiene que ver con la incertidumbre ni con aquella resbalosa disculpa de que “el voto es secreto”, sino que simple y llanamente me rehúso a hacer nuevamente ese largo y oneroso viaje a Lima para darle gusto a un sistema electoral que deja a mi familia completamente misia y agotada.

Cuando le di esta explicación a Paul Rivera, amigo al que no puedo ocultarle nada, me espetó: “Lo que pasa es que no te gusta ninguno de los dos candidatos, y la decisión de no hacer ese viaje a Lima es la mejor justificación para no tener que elegir entre Keiko y Ollanta”.

No puedo negar que su presunción es válida, pero solo es eso, una presunción. La verdad de las cosas es que mis preferencias electorales se inclinan por Ollanta Humala (y no he querido saber los de mi esposa).

Luego de un lamentable gobierno aprista que nos deja problemas nacionales urgentes de resolver  (la corrupción política y la delincuencia común son apenas la punta del iceberg), y ante las indudables señales de apoyo de este gobierno a la candidatura de Keiko Fujimori (lo que supone un continuismo, además del peligro que conlleva un régimen fujimorista que ya nos mostró en 11 años el rostro más espeluznante de la corrupción generalizada, el desfalco de la hacienda pública y la falta de respeto a la vida humana.

Quién podría descartar la posibilidad de un régimen como el de Humala que, si bien a muchos asusta por sus supuestas vinculaciones con el gobierno de Hugo Chávez, al menos nos tiende la posibilidad de un giro en contenidos de fondo como la inclusión social, el combate a la corrupción y un deseo de equidad sobre los gravámenes a las ganancias de capitales extranjeros, cuestiones pendientes y de los que ningún gobierno anterior se ha preocupado pese a que consolidarían una imagen de soberanía económica que hace tiempo nos hace falta, y taparían los hoyos producidos por la ineficiente distribución de riqueza.

Más allá de ello, el temor de que Humala quiera atornillarse al poder a la manera de Chávez (siguiendo un pretendido plan antiimperialista de éste en todo el continente), el supuesto control a los medios de comunicación (intención que en algunas declaraciones ha parecido desprender) y las aparentes reformas retrógradas (contra el homosexualismo, por ejemplo), entre otras intenciones, serán el sustento para la creación de un sistema de control y fiscalización que, en un momento preliminar de su gobierno, debe instituirse a la manera de una cuestión previa aún antes de la ejecución de la primera de sus reformas.

¿Podría pretenderse lo mismo con un supuesto gobierno fujimorista? Me parece que las mañas antidemocráticas aprendidas en sus dos regímenes anteriores serían el principal obstáculo ante ello.

Pero muchos me dirán para qué gasto teclas y palabras en estas explicaciones si no pienso ir a votar el 5 de junio.

Es verdad, todo esto no queda sino en un mero bla, bla, bla luego de haber confesado que me abstendré de viajar a Lima para sufragar.

Una sensación de vacío, como el de mi supuesta condición de apátrida (achacada por mi amigo Paul Rivera) me asalta en este momento. Pero la decisión ya está tomada. El gasto económico y las horas de viaje son excesivos, y recuperarse de ellos será muy difícil. Esta vez pagaré mi multa.
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