No recuerdo en qué película oí esta frase. Los violines a la izquierda, y los chelos a la derecha. Estaba pensando en titular una nota que evoca parte de mi memoria y no encontré nada mejor. No es seguro si la primera vez que fui a El Bucanero, fue en una salida en parejas. Pero esa noche tomé conciencia que nunca antes había ido ahí.
De que casi todas las noches, cuando pasaba por esa cuadra del Jr. Alfonso Ugarte, o cuando me aparcaba un fin de semana en la vereda del “24 Horas”, la acera de enfrente me llamaba la atención. Había música ahí adentro.
La noche de la salida en parejas, el show lo hacía un combinado nacional. Toda la banda sonaba como debería. Rock ochentero, una bullita moderada que permitía charlar, una media luz cómplice, un buen grupo de gente de dos, y hasta tres, generaciones de chimbotanos, que pasaba y repasaba un saludo. Cada noche había ahí, mucha gente conocida.
Aquella vez, en tanto el espectáculo avanzó y la banda se completaba, Cocho Colina subió al estrado (es un decir, porque en ese entonces no había tarima) y gocé de uno de los espectáculos de jazz más impresionantes de mi vida. Un solo de percusión que se metió por mis oídos hasta el torrente sanguíneo y me dio una certeza.
Si todas las cosas deben tener un orden, hay un lugar exacto para cada persona en este mundo.Mi lugar estaba en El Bucanero. Preciso: en la barra de El Bucanero. Detallo: en una de esas bancas altas de la barra de El Bucanero. Insisto: disfrutando lentamente de un buen ron con hielo, en una de esas bancas altas de la barra de El Bucanero.
Eran los años 90 en Chimbote. En ese tiempo, se había renovado las veredas del centro de Chimbote; retiraron a los ambulantes del entorno del Mercado Modelo; había veredas amplias, nuevas farolas y unas simpáticas bancas en las calles. Los chifas de agachados se habían mudado a un corralón en la Avenida Gálvez.
Había desaparecido también esa vieja “góndola” donde funcionaba el restaurante El Mesón del Rey, en el frontis del Mercado Cooperativo. El diario El Faro ya no existía más con sus linotipos arcaicos y sus teletipos de France Presse, con que lo había equipado Pardo Heeren. Se consolidaba el Diario de Chimbote, se cerró el Diario El Tiempo y aparecía el fantasma enorme del tabloide a colores de La Industria. Agonizaba Radio Progreso y aparecían las cadenas nacionales de radio; se pusieron de moda los centros comerciales y el invencible Cine Bahía se convirtió en un modesto multicine de dos salas.
Había campo ferial y ya no se instalaba el Play Land Park en ex-patio del ferrocarril. Se retiraron de la Av. Gálvez los enormes letreros de Casimir Barrington y Fifty Fifty, en cuyos pilotes de soporte oxidados se meaban los indigentes. Las cevicherías se hicieron más elegantes. La ciudad lucía de día y de noche, abriéndose ante mis ojos como algo moderno y nuevo. Se respiraba cierto orden en el puerto. Fue en esos años en que la noche me tomó por asalto.
Debo reconocer que con cierta impunidad me tardaba en las calles y hacía cualquier cosa para prolongarme en la ciudad hasta pasadas las nueve de la noche y no tener la excusa de que El Bucanero estuviera aún cerrado. Tenía adicción por esa barra. Por esas compañías inesperadas, por esas amistades de lotería que emergían de alguna mágica dimensión; porque nunca sabías con quien te tocaría esa noche intentar cambiar el mundo, urdiendo alguna fórmula que siempre tenía una buena parte de alcohol y otra gran parte de buenas intenciones. Construíamos utopías tan puras y verdades, que eran tan ciertas, que jamás servían para nada.
La ciudad estaba cambiando y siempre era un tema de esas noches. Yo creo haber llegado a comprender mejor a Chimbote, conociendo sus semi penumbras, sus bares y su bohemia; porque buena parte de la historia de este puerto ha sido construida con aquellos sonidos; el soundtrack del puerto tiene mucho de boleros y de valses, mucha percusión y el tintín timbalero de los vasos de cristal (sobre todo de Pilsen); mucho murmullo en ambientes de media luz; muchos abrazos, muchos sollozos. Muchas barras repletas. La ciudad estaba todas las noches esperando una nueva noche. Yo soy parte de esa historia.
Cuando supe que El Bucanero debía ser mi espacio, tuve la certeza de que para que haya siempre una sinfonía ordenada, los violines deberían estar a la izquierda y los chelos a la derecha. Por eso mi lugar estaba en El Bucanero. Preciso: en la barra de El Bucanero. Detallo: en una de esas bancas altas de la barra de El Bucanero. Insisto: disfrutando lentamente de un buen ron con hielo, en una de esas bancas altas de la barra de El Bucanero.
La mayor parte de veces aterrizaba nuestra conversación en los cambios que el puerto experimentaba. Pues para nadie era ajeno que aunque algo estuviera cambiando, persistía la espesa humareda de la industria pesquera en los barrios vecinos; Siderperú cada vez cambiaba de dueños, mientras sus ex-obreros y empleados exigían reposición. Los pueblos jóvenes se desesperaban por la amenaza de inundaciones que traería consigo un fenómeno de El Niño rabioso, que nos azotó en el 98 y esa era sólo una de las consecuencias inmediatas del problema crónico de pobreza extrema.
Eso convivía en Chimbote; la noche interminable de la bohemia y las grandes contradicciones de la producción exitosa y la miseria. Esos fueron los años de cubrir con un nuevo barniz a la ciudad. Quienes nos sentábamos en la barra de El Bucanero no éramos indolentes.
Soñábamos volviendo la vista al mar; devolviendo su valor a la Isla Blanca, cuyo color nos hablaba del esplendor histórico del guano. Teníamos una nueva mirada sobre el verdor de los humedales de Villa María. Los viajeros de ese bus nocturno, teníamos harta cuerda para sostener la noche.
Sin duda amábamos a Chimbote tanto, como para hacerlo perdurar en nuestros labios y para amanecer una o dos veces cada fin de semana, convencidos del potencial del puerto, de la suma de buenas voluntades y de que no perdíamos el tiempo. Porque tal vez no se intentaron ninguno de nuestros proyectos, pero nadie negará que siempre quedarán historias para contar y cantar.
Bohemia de París, alegre loca y gris de un tiempo ya pasado, canta Charles Aznavour, mientras avanzan estas notas. Me siento de nuevo oyendo con precisión las risas de aquella primavera y hay una serie de datos, de nombres, de números, de abrazos y gestos. Hay algunas canciones que eran la bandera. Se coreaba a Banana; se enmudecía con Santana; se gritaba con Calamaro; se soñaba cuando alguna vez, subía a acompañar a la banda algún cuarteto de tíos mayorcitos de la nueva ola.
Los años pasaban, yo recuperaba una y mil veces mis anteojos, siempre olvidados en la barra y siempre guardados, por Fernando Bigote, Ludwing (que no es Van Beethoven) o Willy. Asistí a algunas remodelaciones, cuando la música se fue al fondo y la barra se convirtió en recibidor.
La banda cambió de nombres, aunque los músicos siempre fueran los mismos buenazos. A la cabeza del propio cantante, estaban los bigotes nonos del guitarrista, el baterista manco y lito, su alterno de lujo, un tecladista enorme y un bajista poco sonriente, que completaban cada noche el show, con algunos espontáneos y el diligente coro del muy respetable.
Me he marchado de Chimbote algunas veces en esa temporada y siempre he vuelto a encontrar a alguien a quien abrazar, con quien contarnos historias y pasar lista a los amigos cada vez más ausentes. Poco a poco El Bucanero se fue marchando. Se fue al fin como un buen pirata: dejando huella y con harto licor encima. No sobrevivió al nuevo siglo o tal vez fuimos nosotros quienes nos marchamos.
Cuando uno mira atrás y se fija en la estela de la propia vida, aparecen una serie de momentos y se confirman las certezas. Los violines a la izquierda y los chelos a la derecha. Cada cosa en su lugar, cada capitán en su timonel. Cada bucanero con una copa de ron y un buen tema de charla, sentado en una de esas bancas altas de la barra de El Bucanero.




