
Chimbote en Línea (Columnistas - P. Segundo Díaz Flores) Apreciados amigos y amigas, hoy celebramos el Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Como sabemos, el Domingo, el primero de la semana, es el día del Señor. Los cristianos católicos tenemos la obligación santa de ir a participar en la Santa Misa, en la Eucaristía.
Así, la legislación vigente de la Iglesia establece que el domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa; y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor, o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo (cf. Código del Derecho Canónico, cán. 1247).
Pero no debemos actuar solo por prescripciones legales, sino más bien impulsados por el amor de Dios que nos espera cada domingo. Este amor se comunica a través de escucha de la palabra de Dios y de comulgar el Cuerpo de Cristo. Hoy en la Misa escucharemos una vez más la Palabra del Señor Jesús que nos enseña a orar al único Padre, de quien emana todo aquello que nos mantiene en la dimensión de su amor, y que siempre debemos pedirle en la oración del Padre Nuestro.
Cada Domingo celebramos nuestro encuentro existencial con nuestro Padre Dios, con nuestro Señor Jesucristo y con nuestro Paráclito el Espíritu Santo. Figura de este encuentro con la Santísima Trinidad es la teofanía del libro del Génesis, de la primera lectura de hoy. Se trata de los tres seres celestiales, que bajaron a destruir Sodoma y Gomorra. Ante lo cual Abraham suplicaba que no la destruyan en previsión de los justos. Que mi Señor no me tome a mal si continúo insistiendo, decía el padre Abraham, que no se aniquilen las ciudades, si al menos hubiesen diez justos. A mi parecer, creo que era el mínimo de justos, puesto que los mandamientos son diez. Dios esperaba que al menos un hombre cumpliera un mandamiento. Pero en estos pueblos ni siquiera hubieron 10 personas que cumpla un mandamiento cada uno.
Qué Pecados habían en Sodoma y Gomorra, donde la misma autoridad política se había corrompido, y no ponía orden, ni justicia, ni paz; lo cual desató la ira divina. Parece que todos cometían pecados de todo tipo desde blasfemias, magia, abandono de Dios, irreverencia a los padres, homicidios, adulterios, homosexualismo, bestialismo, robos, calumnias, mentiras, envidias, egoísmo, soberbia, etc.
Todos estos, pecados estructuraron el pecado social de falta de hospitalidad. Todos estaban en sus propios afanes y olvidaron que un pueblo existe para acoger al ser humano, para cuidarlo, para protegerlo, para contribuir en su desarrollo, y no para eliminarlo; por ello, cuando un pueblo no acoge y protege a la persona humana, no merece existir.
El mismo Jesús en el Evangelio nos dirá que el Juicio será más llevadero para Sodoma y Gomorra, que para aquel pueblo que no acoja a sus enviados. En Chimbote, y en las demás grandes ciudades de nuestro país y del mundo, reina los mismos pecados de Sodoma y Gomorra: soberbia, egoísmo, mentira, muertes en sus múltiples formas de provocación: homicidios, abortos, parricidios, infanticidios, suicidios, etc.; perversiones sexuales: sodomismo u homosexualismo, fornicaciones, adulterios, bestialismos, prostitución, pornografía, trata de personas, prostitución infantil, etc., corrupción a todos los niveles, personal, institucional, social, en las mismas estructuras del estado, etc.; mentiras, calumnias, odios, resentimientos, vicios de adicción a la droga, alcohol, tragamonedas y demás juegos, etc.; todo esto refleja un pueblo hostil, no acogedor, que no practica la hospitalidad. Donde la vida del otro no nos importa, donde los buenos se han dejado atemorizar por el miedo causado por aquellos que quieren imponer la cultura de la muerte.
Cuando la autoridad política se corrompe y es incapaz de solucionar los problemas que denigran, oprimen e incluso siegan la vida humana, entonces, interviene, Dios, primero para ofrecernos su amor, su misericordia, para arrancarnos nuestro arrepentimiento, de lo contrario nosotros mismos, si nos negamos al amor de Dios, no tarda de manifestarse la ira de Dios, la cual es consecuencia de nuestra maldad, cavamos nuestro propio infierno con el fuego de nuestra indiferencia y el azufre de nuestro egoísmo, lo cual no nos deja ser un pueblo lleno de vida, sino un triste infiernillo, donde rondan las fieras hambrientas dispuestas a devorar y matar a todo aquel que se cruce en su camino. Pero pronto, el mismo pecado personal y la estructura social injusta terminarán por sepultar entre cenizas a ese pueblo, que si hubiera acogido el Evangelio de Cristo, estuviera lleno de vida, de cultura de vida, construyendo la civilización del amor.
En el Salmo de hoy, hemos afirmado que el Señor siempre nos escucha cuando lo invocamos, me escuchaste, Señor, cuando te invoqué! Pidámosle que nos haga revivir como personas y como pueblo, perdonando todas nuestras faltas; puesto que hemos recibido el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios «¡Abba!», es decir, Padre. El hijo tiene derecho a igual que Abraham a ser escuchado, incluso a negociar la misericordia con Dios, en el sentido, de regatear su misericordia, pidiendo día tras día una nueva oportunidad, para nosotros mismos, para nuestro pueblo, pedir su clemencia, que nos trate como merecen nuestros pecados, la paga del pecado es la muerte eterna, el infierno.
En la lectura de la Carta a los Colosenses, la segunda lectura de hoy, afirma, “borró el protocolo que nos condenaba…” La caída en el pecado, personal y social, detrás de todo tipo de pecado está el demonio, desde Adán todos sus descendientes, por medio del pecado, somos pertenencia de Satanás, el cual ejerce cierta influencia en nuestras vidas, posesión que somete al ser humano al dolor, al sufrimiento, a la tristeza, a la angustia, al sin sentido, al miedo a morir, lo cual fructifica en todo tipo de pecado. Pero por el bautismo, hemos sido rescatados de las tinieblas a la luz admirable, Jesús ha sido constituido en nuestro único Señor. Puesto que la deuda de Adán fue cancelada, y los esclavos del maligno, hemos sido liberados.
Por ello, ya no somos esclavos del mundo, del demonio, ni de las pasiones de la carne. Al ser rescatados por el Bautismo, somos hijos de Dios, porque hemos sido liberados y vivimos en la Libertad de los Hijos de Dios. Que tenemos una sola fe, un solo bautismo, un solo Señor: Jesucristo.
En el Evangelio, Jesucristo, nos ha enseña a orar, con la oración del Padre Nuestro. Es la oración de los hijos. Esta oración se compone de invocación (Padre) y de súplicas. Las súplicas son, a su vez, de dos tipos: las primeras, de alabanza (santificación del nombre, venida del Reino...) y las segundas, de petición (del pan, del perdón, de no caer en tentación...).
El Padre Nuestro nos revela nuestras relaciones fundamentales, ante todo somos hijos de un solo Padre: Filiación, de esta relación emana una segunda, al ser todos los bautizados hijos, somos hermanos: Fraternidad. El Dios cristiano es ante todo, un Padre, si bien no deja de ser el Juez Justo, remarcado en el Antiguo Testamento, pero Jesús nos ha revelado que Dios aplica su justicia tratándonos primero con misericordia.
La oración del Padre Nuestro presenta aquellas realidades propias de la predicación de Jesús: Dios es Padre, el Reino de Dios y su justicia, la actuación de la voluntad de Dios, la gratuidad del pan de vida y salvación, la fraternidad en el perdón de las ofensas unido a la misericordia de nuestros pecados, la confianza en Dios ante las tentaciones y la liberación del maligno o demonio.
En el Padre Nuestro, la fe, oración y vida, están íntimamente vinculadas. Tanto el sentido dogmático, moral y espiritual están latentes en la oración enseñada por Jesús. En el Padre Nuestro descubrimos lo central del mensaje evangélico, la Salvación…, (exégesis dogmática); pero también esta oración sirve para construir la comunidad humana por ser hijos del mismo Padre y hermanos de todos los vivientes (exégesis ético-espiritual); o para adelantar y actualizar en el aquí y ahora el Reino y la voluntad de Dios, que quiere que todos sus hijos se salven y alcancen el conocimiento pleno de la salvación (exégesis escatológica).
En la oración enseñada por Cristo, la centralidad es el Padre y los hijos, por ende, los hermanos; el Padre se constituye en fuente, río y océano de toda vida, plegaria y esperanza cristianas. Pero unido a la paternidad divina está la filiación divina, la fraternidad eclesial, por el bautismo. No solo se pide para uno, sino también para los hermanos. Paternidad – filiación y fraternidad, constituyen el eje conductor de las súplicas: santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad, danos el pan cada día, perdona nuestras ofensas..., no dejes que caigamos en tentación, líbranos del Maligno. Amén. (cf. Mt 9, 6-13).




