
Chimbote en Línea (Por: Fray Héctor Herrera) ¿Es posible ser coherentes y transparentes en nuestra sociedad? ¿Podemos construir una patria libre con autoridades honestas y ciudadanos que exigen un cambio profundo de sus gobernantes? ¿Podemos los ciudadanos vivir y construir estos valores en la familia, en la Institución educativa y en los estamentos socio-económicos, educativos y religiosos?.
Un niño, una adolescente, un joven, un adulto aspira que la sociedad en que vive, le de condiciones de una vida humana, justa, donde pueda desarrollarse integralmente con una buena educación, salud y con una mentalidad abierta, positiva, solidaria de pensar en el otro. Jesús nos recuerda: “No hay árbol sano que dé fruto podrido, ni árbol podrido que dé fruto sano.
Cada árbol se reconoce por sus frutos. No se cosechan higos de los cardos, ni se sacan uvas de los espinos” (Lc 6,43-44) . Con esto nos enseña claramente: si queremos dar frutos buenos, tenemos que aprender a ser coherentes en nuestra vida. Porque nuestra sociedad se ve cuestionada seriamente no sólo por hechos de corrupción, sino que estos se dan en forma repetitiva, sin que se trate de sanar, corregir o proponer respuestas positivas que hagan más creíble los actos de los gobernantes o de quienes ejercen cargos públicos.
Algunos ciudadanos parece que se acostumbraran a esos actos y se toman como “normales”. Sin embargo el Evangelio de Jesús, nos exige una coherencia de vida, que haya unidad entre lo que decimos y hacemos. Si una persona ejerce un cargo público debe pensar en el bien común para lo cual fue elegido, hacer proyectos adecuados para la región, localidad, hacer partícipe a la población y buscar lo mejor en la ejecución de una obra, de modo que no se sobrevalúe y se use el material adecuado planificando en el espacio y tiempo que le toca entregar la misma.
El niño, a, aprende el valor de la honestidad, el respeto a sí mismo y a los demás; su valoración como persona, porque se siente digno, valorado y hará respetar sus derechos y el derecho de los demás, en el ámbito del hogar, que debe ser reforzado por la educación y los medios de comunicación social, como agentes educativos y formativos.
Los desaciertos de un país, pueden evitarse, si hay capacidad de diálogo. Si reconocemos la deuda que el Estado tiene para con los pueblos indígenas y si se toma en serio la marginación histórica de los pueblos indígenas. El país en este sentido tiene que volver su mirada atenta, serena, objetiva a favor de estos peruanos que no son tomados en cuenta.
Una educación en valores en la familia y en las instituciones educativas, marcadas por el ejemplo de los progenitores, nos permitirá recrear la sociedad peruana, sanarla y curarla de sus heridas. Y esto exige el concurso de todos los peruanos, as, si realmente queremos construir una Patria libre, honesta y coherente.




