
Chimbote en Línea (Por: Germán Torres Cobián) En las sociedades desarrolladas europeas, en medio del llamado Estado del bienestar, solía decirse que los niños llegaban al mundo con un pan debajo del brazo. Actualmente, muchas familias integrantes de estas sociedades ahora venidas a menos, ya no pueden presumir de ello.
En nuestro país, desde que la educación se empezó a deteriorar debido entre otros factores al mercantilismo que se ha apoderado de ella, cada niño que nace viene al mundo con un montón de facturas en las manos porque es tratado como un objeto al que hay que dotar de un cúmulo de cosas muchas veces superfluas sin que ello redunde en la mejora de su calidad educativa.
Marzo presenta un panorama bastante negro para numerosas familias que tienen chicos en edad escolar. Ocurre que en este mes veraniego los padres tienen que hacer maravillas con su dinero debido a los complementos que tienen que pagar para que sus hijos puedan llevar una educación supuestamente adecuada, figuradamente digna y aparentemente provechosa.
Alguien se enriquece con ese dinero de los padres. Quizá algunas industrias paralelas. Porque tal parece que en nuestro país la educación es un subproducto de la industria colegial. En esta original industria hay muchísimo dinero en juego. No sólo el que prodigan los padres de familia, sino los recursos pecuniarios del Gobierno central, de las regiones y de las municipalidades.
Todo este dinero se esfuma, en primer lugar, en costear la especulación del suelo, en el mal trabajo de los contratistas fulleros que hacen las obras de construcción o reformas de los colegios; en las coimas que reciben las autoridades por licitaciones amañadas; en las Asociaciones de Padres de Familia (APAFAS) cuyas directivas, la mayoría corruptas, no suelen entregar cuentas a fin de año, como es su obligación; en algunos directores desaprensivos que sobrevaloran las matrículas; en la industria librera y en los comerciantes distribuidores quienes, coludidos con directores y profesores, obligan a comprar unos libros que sólo pueden ser usados una vez; en fin, en las empresas que fabrican los elementos de ornamentación del alumno: uniformes, zapatos, zapatillas, buzos, mochilas, loncheras ...
Los uniformes aparecen cuidadosamente detallados en las notas que reciben los padres que matriculan por primera vez a sus hijos, en las que no falta la mención de la única tienda (¡qué casualidad!) donde se vende el modelito.
El antiguo y modesto uniforme gris que era igual para todos los alumnos, se ha convertido en un conjunto donde todas las piezas que pueden vestir al alumno requieren un patrón y un color peculiares.
Están además los abultados pagos por materiales supuestamente didácticos, celebración de los cumpleaños de los niños, con tortas, payasos, disfraces y demás parafernalia; pago de polladas o bingos para, supuestamente, hacer arreglos al colegio; aditamentos para participar en unos desfiles que no sirven absolutamente para nada; multas a los padres que no acuden a las reuniones de las APAFAS; fiestas de promoción que incluyen compras de ternos y trajes, etc., etc…En todo este trasiego de dinero, algunos directores o profesores inescrupulosos suelen llevarse una pingüe comisión.
Uno supone que unos colegios con autoridades educativas y APAFAS tan versátiles en su metodología para obtener dinero y tan dispuestos a dar su tiempo y esfuerzos por el colegio, solo pueden ejercer una influencia benéfica sobre los niños; uno presume que las autoridades educativas, padres de familia y profesores están en la obligación de propiciar el mejor de los entornos para que la tarea docente y el aprendizaje de los alumnos se desarrollen en las mejores condiciones y con la mayor calidad.
Y uno puede pensar en aplaudir a los padres que se quitan el pan de la boca para empezar a encarrilar el porvenir de sus hijos; sin embargo, estos colegios mercantilistas suelen ser fábricas de iletrados donde se producen niños y adolescentes cuya ignorancia abarca todas las ramas del saber humano.
Y, cosa curiosa, otros institutos educativos que no siguen esta nefasta corriente mercantilista se ven obligados a seguir la misma línea precisamente porque así lo requieren los padres de familia: el esnobismo o estupidez paternal demanda los atributos externos que identifican al niño-objeto con el colegio donde estudia y desconfían de los centros educativos que no se adaptan a la misma situación.
Los colegios que no exigen todo este aparato mercantilista les parecen pobres, y creen que esta pobreza está relacionada con la mala educación.
Pero, lo más lamentable de todo esto es que la industria colegial constituye para los padres de familia no sólo un constante saqueo para su economía, sino que también es una estafa dados los resultados en la educación de sus hijos que hablan por sí solos.
Según el último Informe PISA, los centros escolares peruanos sólo producen alumnos rezagados en el concierto mundial educativo. Un Informe, dicho sea de paso, que parece que pocos han leído. No hace mucho le pregunté a un profesor de un colegio X de Chimbote si había visto en Internet el documento PISA. No me asombré para nada cuando me contestó: “Cuál, ¿esa torre que está en Italia y que se quiere caer?”…




