(Por: Jesús Raymundo) Sobre el manto gigantesco de lodo y piedra que un día sepultó Yungay, el perfume de las flores intenta reverdecer la esperanza. En el campo santo, que rememora la crueldad del alud que enterró a 25 mil personas, los lugareños tejen sus historias recordando a un pueblo que solía observar cómo el nevado de Huascarán intentaba tocar la inmensidad de sus cielos.
La nostalgia todavía acrecienta el dolor y la orfandad. Aunque cuesta creer que debajo de los jardines coloridos descansan los restos de miles de yungaínos sepultados hace 42 años, cada vez que se recuerda la tarde del domingo 31 de mayo de 1970 los sentimientos se avivan. La cuatro palmeras, de las 36 que adornaban la plaza de armas de Yungay, imitan la firmeza de la memoria: se resisten a morir doblegados por el tiempo.
Ayer es hoy
En el lugar no existe la lógica del tiempo. El pasado se adueña del presente por obra de quienes se ganan la vida contando pormenores de la tragedia que hasta hoy enluta a sobrevivientes y descendientes. En el ingreso, un joven que habla con dificultad y dice sufrir de epilepsia, me repite una y otra vez los pasajes que ha memorizado. A cambio de su versión poco fehaciente espera una recompensa para comprar sus medicamentos.
Desde la boletería, Yrma, una adolescente de piel tostada, nos observa atentamente. Cuando me acerco, se ofrece guiarme a cambio de “una voluntad”. Al evidenciar mi desconfianza, me asegura que ha sido capacitada por la Municipalidad Provincial de Yungay. A pesar de que narra los hechos con ciertas contradicciones, ella ni se percata: solo repite mecánicamente los datos como lo hace un reproductor de audio.
Ambos aseguran que los antiguos yungaínos eran personas insensibles y que por eso recibieron un castigo. Sus versiones se asemejan a las leyendas orales que intentan explicar el origen de las lagunas andinas: una lluvia intensa cubrió al pueblo por no acoger a un anciano forastero que pedía alimento. El joven dice que las viviendas se encuentran a cincuenta metros debajo de la superficie, pero Yrma asegura que se encuentra de seis a siete metros.
Todas las fotografías en blanco y negro que se exhiben en paneles han envejecido con los recuerdos. Allí se aprecia a la plaza de armas de Yungay con sus palmeras, registrada exactamente un año antes del alud. Se observa también a una mujer arrodillada sobre el lodo y con las manos unidas cerca del rostro en señal de una plegaria. El registro que dio la vuelta al mundo le pertenece al reportero gráfico de El Comercio, José Michilot Ramírez, pero el vendedor lo ignora.
El video grabado por una pareja de japoneses se ofrece como una joya documental. Los vendedores aseguran que muestra los momentos en que el pueblo era sepultado por el gigantesco alud. En el lugar descansan también las enormes rocas que duplican la estatura humana. La versión de un guía que acompaña a un grupo de turistas extranjeros es que, al chocar entre ellas, formaban innumerables chispas. Aún permanecen los restos de la unidad de Expreso Áncash y de la catedral, que fueron azotados por lodo, nieve y piedras.
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http://identidadesperuanas.com/2012/05/cuando-el-duelo-persiste-en-yungay/