
Chimbote en Línea.- (Por: Ricardo Ayllón) Novelas realistas, andinas, sociales, urbanas, de ciencia ficción, de terror, fantásticas, infantiles, policiales, de violencia interna, históricas… en fin, mantienen ya ocupado en nuestros días a un gran número de escritores a lo largo y ancho del país, cada cual eligiendo lo que mejor armonice con sus preferencias estéticas, lecturas, ideologías, demonios internos o capacidad de fabulación; o planteándose también elegir más de una de aquellas para elaborar mezclas extrañas (a veces con resultados positivos), de acuerdo a su destreza artística, su capacidad de conocimiento de técnicas y estilos, su disponibilidad de tiempo y/o su vuelo imaginativo.
Digo todo esto porque resulta grato encontrarse con un fresco palpitante y tan nuestro como La copa de la muerte (Summa, 2016), de Manuel Guerra, novela negra o criminal que –según el concepto tradicional que tenemos de esta subespecie narrativa– nos remite mentalmente y en principio a sus fundadores, los narradores norteamericanos de la primera mitad del siglo XX, pero que se convierte en original (y de ahí nuestro regocijo) al ubicarse en una localidad andino-peruana, como Cajamarca, con todos los tintes característicos de nuestra riqueza cultural.
Y es que, sobreponiéndonos a la fácil categorización de novela negra, podemos apostar que estamos aquí frente a la particular apuesta de ir más allá de la mera pesquisa de un crimen, tal como reclama la especificidad de este tipo de novelas; lo digo porque, a partir de la travesía investigativa de Santiago Mayta, el amigo de la víctima, emprendemos un productivo paseo por el paisaje humano, los localismos idiomáticos, la idiosincrasia regional, la problemática social venida de tiempos ancestrales, las creencias religiosas con el rasgo típico de lo nacional, y un largo etcétera, devolviéndonos así la fe en el cúmulo de posibilidades temáticas y de corrientes literarias a las que puede adscribirse un relato extenso en el Perú.

A partir de una historia lineal y palpitante, con un hilo conductor que no se desvía para nada del único objetivo del protagonista, el averiguar quién y por qué acabó con la vida de su viejo amigo de carpeta, Abencio Briones, mejor conocido como el Negro Chicho, acudiremos a un amplio marco temático que va más allá del mero descubrimiento del criminal y el móvil del asesinato; el contenido argumentativo nos permitirá concurrir a algunas de las variantes del mundo delincuencial en este país, como el accionar del narcotráfico, el gran negocio motivado por las trampas de la fe manejadas aquí por las sectas religiosas, los inquietantes tejidos que unen a estos dos negocios y la caprichosa ceguera de la Policía cuando tiene su parte en tales operaciones criminales.
Y moviéndose en toda esta tramoya, aquel agnóstico personaje, Santiago Mayta, que sin saber bien por qué no evita ingresar e involucrarse en cuerpo y alma en las indagaciones del crimen a pesar de ver su vida amenazada. Pero es el hábil manejo artístico de esta bien planteada novela lo que permite al lector discurrir por ella sin problemas y con gran interés de principio a fin.
Pese a contar con modernas formas de narrar –donde hallamos el auxilio del monólogo discursivo o la ayuda de imágenes de la memoria para el mejor entendimiento de circunstancias actuales, entre otras técnicas– es gracias a una estructura clásica (en la que son perfectamente identificables las partes más importantes de un relato) que al autor se le facilita desarrollar mejor la trama, consiguiendo con ello lograr un buen clímax y un desenlace digno de toda novela bien tratada. Sorprende inclusive dentro de su habilidad fabuladora, el asistir a interesantes guiños al lector, como cuando el autor se da mañana para que dos de los personajes –en uno de los diálogos– se refieran a las posibilidades de erigir la novela misma que estamos leyendo:
“–¿Y qué escribes, shilico? –quiso saber Mayta, cuando se agotaron las risas y bromas acerca de lo que los recaudadores de impuestos iban a encontrar en el libro de marras.
”–Huevada y media, como dice Domingo. A veces unos cuantos versos, a veces unos relatos cortos; pero mi ambición es escribir una novela negra, de crimen y misterio, ambientada acá en Cajamarca, mas no acabo de perfilar al personaje adecuado.
“–Vaya, vaya –dijo Mayta, sonriendo-. Puedes tomarme como modelo si quieres, ahora mismo estoy interesado en desentrañar la muerte de nuestro entrañable Negro Chicho”.
O cuando, más allá, leemos también uno de los diálogos de Mayta y su antiguo amor de juventud, Clemencia:
“–Me pasa algo parecido que al Quijote, que se enajenó de tanto leer libros de caballería; en mi caso se trata de mi adicción a la novela negra. A veces pienso que soy un personaje de un libro de crimen y misterio…”.
Resulta grato, por otra parte, acudir al cúmulo de referentes culturales universales que alimentan muy bien el clima y robustez narrativos, logrando con ello que escape a lo meramente localista o alejándola de lo pintoresco o costumbrista. Así, a lo largo de la historia hallamos provechosas, amplias y disímiles referencias sobre la historia musical, la literatura occidental, o la cronología de la cristiandad, solo por señalar tres aspectos importantes.
Vale resaltar, sin embargo, ya en la labor de alimentarse de información para un mejor resultado, el sospechar que Manuel Guerra ha realizado un muy buen trabajo de investigación para manejar mejor las antojadizas redes en las que se mueven las actuales y numerosísimas sectas cristianas en este país.
Este atributo, combinado muy bien con el rostro popular de una localidad tan rica culturalmente como Cajamarca, de la cual se mencionan sus espacios urbanos tradicionales (entre restaurantes, cantinas o conocidos espacios turísticos), personajes reales (como el poeta Pato Rabines), costumbres arraigadas, etcétera, hace que –digo nuevamente- nos encontremos en medio de un riquísimo fresco sobre el Perú actual, del cual cualquier escritor saldrá siempre ganancioso si a ello inyecta acertadamente buenas dosis de humor, amor y drama, tal como ha hecho con acierto Manuel Guerra; sin olvidar obviamente los traumas sociales y personales que siempre serán el mejor alimento de todo escritor que se precie de tal.
Entiendo que nuestro autor ha esperado unos buenos años en decidirse en publicar su narrativa; entregando Trasiegos –su primera novela– hace apenas tres años, lo cual dice bien de alguien que prefiere lanzarse en la difícil tarea de la creación literaria con buenos basamentos estéticos y técnicos para no morir en el intento.
Entregándonos ahora La copa de la muerte creo que ha reforzado la idea, en él como autor, de la seriedad y responsabilidad que merece toda buena historia de ficción; y en el lector, la sensación de que nos encontramos ante un atento y abnegado conductor de los hilos que deben conducir siempre un buen tramado narrativo.
A partir de hoy esperamos con alegría y gran expectativa una nueva entrega suya.




